A las ocho y media bajamos al comedor a desayunar. Este se encuentra en la
planta baja, junto a la cocina de inquilinos en cuya nevera dejamos ayer los
botellines de agua. El comedor dispone de varios armaritos de los que las
estudiantes pueden disponer como despensa personal, y tres mesas redondas. En
una de ellas encontramos las tazas, unos termos con leche y café, y un par de
croissants. Durante el desayuno nos ha acompañado la madre Rosario, que nos ha
dado varios consejos para no perdernos nada importante en nuestro paseo de hoy
por la Roma.
El autobús nos deja en Largo Argentina. Allí, ubicados en el espacio de una
manzana y a un par de metros bajo el nivel del suelo, pueden observarse las
ruinas de los tres templos etruscos que son, según nos ha dicho Caridad, los
restos más antiguos de Roma.
Y a un par de manzanas, la Chiesa del Gesú (Iglesia del Jesús). Se trata de la
primera iglesia jesuítica de Roma, construida en el siglo XVI en un sobrio
estilo barroco, reflejo artístico de la contrarreforma. La fachada de Giacomo
della Porta se divide en dos pisos de distinta anchura, disimulada por dos
grandes volutas en el piso superior, y coronada por un frontón triangular. Sirva
esta descripción para la mayor parte de las iglesias barrocas que encontraremos
en Roma. Pero en realidad poco hemos podido ver de la fachada debido a las
obras, y de hecho hemos tenido bastante dificultad para cruzarlas y llegar hasta
la puerta.
Por un pasillo abierto entre los andamios hemos alcanzado la única sección
visible del interior: el crucero, sobre el cual puede contemplarse el fresco de
la cúpula “El triunfo del nombre de Jesús”, añadido tardíamente a los sobrios
techos iniciales; y la capilla lateral consagrada a San Ignacio, ricamente
decorada y con una imagen del santo en el altar.
Hemos encontrado a un hombre sentado en una silla a la entrada del crucero;
suponiendo que se trata de un vigilante, preferimos preguntarle primero si se
pueden sacar fotos. Resulta que ni es italiano, ni vigilante, sino un turista
latinoamericano tomándose un descanso. Un minuto después nos despedimos de él,
después de haber hecho buena publicidad de nuestro país y animarle a visitar
Madrid.
La entrada al Palazzo Venezia está abierta para permitir el acceso del visitante
a la terraza interior del segundo piso, a la que se asciende por una gran
escalera de piedra. Allí encontramos una cafetería y la entrada de un museo,
donde en este momento se exponen obras menores de Bernini de las que nos
conformamos con ver las fotos en el puesto de recuerdos.
Es en este edificio y en particular en esta terraza de paredes despintadas, con
los andamios de la Iglesia del Gesú de fondo, donde he comenzado a tener la
sensación de abandono de Roma.
Los antiguos edificios y palacios romanos, en su mayoría de fachadas ocres o
rojizas, presentan la pintura de sus paredes descascarilladas y la piedra casi
negra por la contaminación. Y allá donde no hay fachadas descuidadas, los
andamios lo cubren todo.
No es un aspecto sucio, porque las calles están bastante limpias de basura; y
sin embargo la sensación de viejo – que no antiguo – está impregnada en cada una
de las piedras que inundan la ciudad; como si Roma no diera abasto para cuidar
de todos sus tesoros. Supongo que una vez concluya el Jubileo del año 2000 y
regrese a Roma, redescubriré todos esos lugares ocultos hoy por las obras y me
llevaré una impresión muy diferente de la ciudad. En cualquier caso, los
andamios no consiguen quitarle un ápice de grandiosidad a esta ciudad que te
sorprende en cada esquina.
Al otro lado de la Plaza Venecia, y tras sortear con verdadero temor el tráfico,
nos encontramos en los foros romanos. Los foros eran centros políticos y
económicos de la antigua Roma, ampliados y engrandecidos por los sucesivos
emperadores y que hoy pueden contemplarse caminando por la Via dei Fori
Imperiali, desde la Plaza Venecia hasta el Coliseo; y siempre desde una vista
superior ya que la ciudad actual se levanta unos tres metros por encima de la
Roma imperial.
La Roma original estaba encerrada en una muralla trazada por Rómulo y ubicada en
el Monte Palatino. Desde su situación original fue extendiéndose a lo largo de
los siglos, recibiendo un gran impulso con Julio César en el siglo I A.C., quien
creó el primero de lo que serían los Foros Imperiales y más tarde con Augusto
quien llevó a cabo una importante campaña de edificación. Trajano, gran
emperador y conquistador del primer siglo de nuestra era, haría construir el más
grande e importante de los foros. Tras los incendios del año 64 (en época de
Nerón) y del 80, la ciudad hubo de ser reconstruida, en esta ocasión de una
manera más regular y funcional. En el siglo III el crecimiento se vio
interrumpido ante la amenaza bárbara, que llevó al emperador Aureliano a
construir las murallas que llevan su nombre.
El primero de los foros, ubicado en la misma plaza, es el de Trajano. En esta
primera parte sólo hemos visto restos de columnas y piedras amontonadas por
todas partes, además de la famosa columna de Trajano, realizada en el 113 d. C.
y cuyo templete albergó la tumba del emperador. Sus 40 metros de altura aparecen
cubiertos por un relieve en espiral que narra las dos campañas en Dacia, y donde
Trajano aparece representado más de 60 veces. La estatua del emperador que
originalmente coronaba la columna ha sido sustituida por una de San Pedro.
Ya en la Via dei Fori Imperiali, la escultura de cada emperador nos saluda a la
entrada de sus respectivos foros. Es difícil saber dónde empieza un foro y
termina otro, pero todos son igualmente magníficos. El desnivel al que se
encuentran los restos hace muy fácil disfrutar de los foros sin tener que pagar
por entrar en ellos.
Sin cambiar de acera llegamos al Mercado de Trajano, un auténtico centro
comercial que no se diferencia mucho de los que tenemos ahora. Tras la explanada
de terreno cubierto por hierba que crece entre los mosaicos del suelo y con
varias columnas reconstruidas, se levanta una pared cóncava dividida en dos
pisos y cubierto cada uno de ellos por arcos que son sin duda los accesos de
cada uno de los locales comerciales. El tercer piso, abierto al exterior, no es
apenas visible desde nuestra situación. El lugar era utilizado además para la
distribución gratuita de alimentos como el trigo al pueblo.
Detrás del mercado podemos ver la alta Torre de los Milites, una de las muchas
torres que durante la Edad Media fueron levantadas por familias nobles para
defenderse durante las sangrientas luchas internas en busca de poder y tierras.
Cruzar la calle ha sido un auténtico reto, ya que se trata de una amplia avenida
en la que no recuerdo haber visto semáforos, sino unos pasos de cebra totalmente
desdeñados por los conductores, que los cruzan a gran velocidad. Para atravesar
la calle con una mínima seguridad, hay que hacerlo junto con un grupo de
peatones en nuestra misma situación. De todas formas el hecho de encontrarnos ya
cruzando no hace parar a los vehículos, sino que nos esquivan pasando escasa
distancia de nosotras y pegándonos a veces un susto de muerte.
Junto al Capitolio se encuentra el Foro de César. En él se levantan tres
columnas, último recuerdo del templo que Julio César hizo construir a Venus, de
quien se decía descendiente.
Es sorprendente la historia de este hombre, quizá el más conocido de todos los
personajes de la Roma clásica. Gayo Julio César fue sin duda un personaje
fundamental para Roma: gran político y soldado, conquistó las Galias para Roma,
y a Roma para sí. Con poderes dictatoriales (nunca fue emperador) y título de
Pater Patriae (padre de la patria), convirtió a Roma en el centro del mundo (caput
mundi), realizó importantes reformas, entre las que se incluye el calendario
juliano (en el que se basa nuestro calendario gregoriano), y mantuvo un famoso
romance con la reina Cleopatra. Sin embargo un año solamente pudo mantenerse en
el poder, hasta que una conspiración fraguada en el mismo senado y encabezada
por su protegido, Bruto, acabó con su vida.
Marco Antonio, principal partidario de César, mostró su cuerpo acuchillado al
pueblo y les leyó su testamento, en el cual legaba dinero a cada ciudadano y
tierras para parques. La multitud se apoderó entonces del cuerpo e invadieron el
Senado, destrozando muebles para formar una pira funeraria. Comenzaba así la
leyenda de este hombre, que sin embargo nunca llegó a emperador.
El siguiente es el Foro Romano, construido en el reinado etrusco y por tanto el
más antiguo de todos.
Por la misma acera y llegando ya al Coliseo, hemos encontrado en una pared tres
grandes mapas de Europa realizados en piedra en la época de Mussolini, en los
que se refleja la expansión del imperio romano.
Y por fin, el Coliseo; grande, imponente... ennegrecido por la contaminación y
perjudicado por el constante tráfico que pasa junto a él y que hace peligrar su
estabilidad.
Nos ha tocado esperar media hora en la cola y al sol para entrar, pero al menos
podemos distraernos con la vista de los “soldados romanos” dispuestos a hacerse
una fotografía con los turistas a cambio de unas liras, y los puestos de
recuerdos y bebida junto a los que la fila va pasando.
Son muy curiosos los puestos de comida ambulantes, en los que lo mismo se vende
pizza caliente que bebida helada. Y es que los botellines de agua están
literalmente helados, con lo que a medida que el agua se derrite y bebe, la
botella puede rellenarse en cualquiera de las numerosas fuentes de la ciudad y
con el hielo mantenerse fría durante mucho tiempo, lo que es de agradecer en un
verano tan caluroso.
Cuando por fin llegamos a la entrada del Coliseo, descubro que el carnet joven
no tiene validez en Italia, ya que los descuentos se hacen únicamente a los
niños. Pero al fin estamos dentro, y su visita valdrá sin duda las 16.000 liras
que hemos pagado cada una.
El Anfiteatro Flavio, conocido popularmente como Coloseo o Coliseo por la
gigantesca escultura del Coloso que existía antiguamente junto al edificio, fue
ordenado construir por el emperador Vespasiano sobre el solar de la Domus Aurea
de Nerón, tratando de cubrir el recuerdo de este impopular emperador, acusado
del incendio de Roma y cuyos delirios de grandeza acabaron en su asesinato. Al
finalizar las obras, el entonces emperador Tito quiso conmemorar su inauguración
con cien días de fiestas en las que participaron cientos de gladiadores y
animales.
Lo que más sorprende al acceder al interior del Coliseo es encontrar... o más
bien el no encontrar el foso de arena sobre el que toda la vida hemos imaginado
a los gladiadores luchando. Debimos pensar mejor en el escenario de un teatro.
Un gigantesco escenario elíptico de madera, cubierto por una capa de arena, que
oculta todo un entramado de galerías y ascensores, con los que gladiadores y
bestias son ascendidos al centro mismo de la “arena” de la forma más efectista.
De todo ello hoy sólo quedan los restos de los muros de piedra que formaron la
galería, sobre una tierra reverdecida.
Recorremos la planta elíptica del anfiteatro por los dos pisos de acceso al
graderío. Algunas zonas se encuentran completamente destruidas, mientras en
otros puntos las gradas se mantienen en muy buen estado. En buen estado, salvo
por los graffiti realizados en la piedra por algún vándalo disfrazado de
turista. En el piso inferior ha sido colocada una cruz de hierro de un par de
metros de altura, que supongo fue puesta allí hace años en un afán de
reconvertir todos los edificios paganos.
Desde el piso superior tenemos una estupenda vista de los foros, y del Arco de
Constantino. El arco fue construido con elementos robados de otros monumentos,
como los medallones de piedra que adornan los tres vanos. En cualquier caso los
andamios que lo rodeaban no nos permiten fijarnos en los detalles.
Dejando atrás el Coliseo y los foros, llegamos al Circo Máximo. Cualquiera que
haya visto alguna vez Ben Hur puede hacerse buena idea de lo que habría sido
este circo en pleno esplendor imperial. Nosotras sólo encontramos una explanada
muy grande de hierba, con una pequeña pendiente en donde antes estuvo la cavea o
graderío, y un montículo alargado en medio del terreno, único recuerdo de la
aguja que un día marcó el centro de la arena.
Poco después llegamos a Santa María in Cosmedin, una pequeña iglesia bizantina
del siglo VI poco visible salvo por el alto campanario de ladrillo, así como por
la multitud que, agolpada en su porche, espera su turno para fotografiarse en el
mismo lugar donde estuvieron, una noche en blanco y negro hace ya muchos años,
Gregory Peck y una princesa llamada Audrey Hepburn. Claro que la tradición de
visitar la Bocca della Veritá es muy anterior a Vacaciones en Roma, pero de esta
película proviene todo nuestro interés.
La Bocca es una piedra circular que representa la cabeza de un tritón. Según la
tradición si el mentiroso mete la mano en su boca, éste se la morderá; por ello
muchos hombres celosos traían a sus parejas a este rudimentario detector de
mentiras, para probar su fidelidad, y en la Edad Media muchos acusados eran
sometidos al “juicio de Dios". En realidad se trata de una simple lápida
proveniente probablemente de una fuente o tumba.
El porche está lleno de gente, pero como Piluca está interesada en hacerse la
foto nos ponemos en la cola. Tenemos que aguantar bastantes empujones y un par
de veces me he revuelto enfadada notando que me cogían del bolso – de los
bolsos, pues en ese momento sostengo el mío y el de mi hermana.
En cuanto hacemos la fotografía nos marchamos sin siquiera visitar la iglesia.
Estamos cruzando la calle hacia los templos de la otra acera, cuando el instinto
de Piluca le hace mirar en su bolso y descubre que su cartera ha desaparecido.
Enseguida volvemos hacia la iglesia, con un disgusto tremendo por el dinero y la
documentación perdida; todavía no hemos llegado cuando nos sale al encuentro una
niña gitana, de no más de diez años, con la cartera en una mano y la otra
extendida esperando su recompensa. Nos quiere hacer creer que la ha encontrado
en el suelo, pero mientras Piluca le asegura muy enfadada que a ella no se le ha
caído yo le insisto sobre el dinero desaparecido, ya que sólo hemos encontramos
un billete de 2.000 pesetas. Viendo que no va a sacar nada, la niña se ha
marchado hacia la iglesia, donde seguramente tendrá más suerte la próxima vez.
Porque después Piluca se dará cuenta de que en esa cartera hoy no había metido
liras; así que suponemos que la niña, al no sacar nada de dinero de su hurto, ha
intentado conseguir algo de su devolución.
Aún algo nerviosas, continuamos hacia los dos templos del otro lado de la calle,
por supuesto casi ocultos entre los andamios.
El Tempio o Templo de Hércules, también llamado de Vesta o de las Vírgenes
Vestales, es un pequeño templo de esquema griego (Tholos períptero): de planta
circular, rodeado por columnas y con un ara –altar– central.
Las vírgenes vestales eran mujeres escogidas entre las jóvenes romanas para
encomendar treinta años de su vida a la custodia del fuego que ardía en el
centro del templo y que jamás debía apagarse, lo cual supondría su condena.
A su lado, el pequeño Templo de la Fortuna Viril, sigue el esquema clásico
romano: planta rectangular y rodeado igualmente por columnas, al que se asciende
por unas escaleras en la fachada principal y coronado por un frontón triangular.
En lugar de seguir hacia el río, que se encuentra al otro lado de la calle,
volvemos sobre nuestros pasos y seguimos por la amplia avenida que continúa
desde el parque del Circo Máximo. Dicha avenida me ha recordado al Paseo de la
Castellana por sus muchos carriles, la velocidad de los coches y los frondosos
árboles que cubren ambos lados, aunque no había tantos edificios ni peatones.
Un rato de paseo nos lleva hasta las Termas de Caracalla, que deben ser muy
grandes según nos imaginamos por la amplia explanada cubierta de ruinas. De
todas formas estamos ya bastante cansadas así que decidimos no entrar. En su
puerta nos sentamos un poco y aprovecho para jugar con varios gatos que rodean
el puesto de comida.
Cualquiera que mire las postales de los quioscos de Roma, se dará cuenta de la
cantidad de gatos que aparecen en ellas. Eso me había sorprendido al principio,
pero con los días me he ido dando cuenta que Roma - desde las ruinas hasta las
puertas de las iglesias - está plagada de gatos, habiendo llegado a contar
quince gatos juntos bajo un solo árbol.
De regreso a los foros, nos tomamos un descanso y una bebida fría, antes de
entrar en el Foro Romano. A la entrada hay servicios públicos y una fuente de
agua fresca donde rellenar los botellines.
Al contrario que el resto de las construcciones que hemos visto, este foro se
encuentra en lo alto de una colina, por lo que hace falta entrar para disfrutar
de él. Es como entrar en un parque – uno bastante caro –; un enorme parque de
suelos de mosaico, restos de columnas diseminadas por la hierba, arcos que
albergan cientos de piedras con una ubicación aún por redescubrir, esculturas y
fuentes de alrededor de 2.000 años.
Lo primero que encontramos es el Templo del la Paz. Se trata de un gran patio
cuadrangular, a unos tres metros por debajo de nosotras, en el que sólo queda la
base de las antiguas columnas y en el que cientos de piedras se amontonan junto
a las paredes. El resto de las ruinas no es muy diferente; los edificios, o lo
que quedaba de ellos, son identificados por una placa de mármol colocada en su
pared. Es difícil distinguir donde termina un foro y empieza otro.
En un extremo encontramos una construcción en bastante buen estado, con pequeños
pasajes y salas pero sin tejado. Esta parte está cerrada al público y protegida
por una cubierta de uralita para evitar su deterioro, aunque abierta lo
suficiente para permitir la mirada curiosa del visitante. Suponemos que se trata
de la Cloaca Máxima, obra maestra de los etruscos: un ingenioso sistema de
alcantarillado utilizado por los romanos para drenar el Foro.
Al otro lado el paisaje cambia. Dos casas acristaladas de la época barroca
ocultan una escalera que desciende por detrás, hasta un mirador desde el que se
puede disfrutar de los foros imperiales, inmediatamente contiguos a éste. Me ha
llamado sobre todo la atención una basílica que parece haber sido “incrustada”
en el esqueleto de un antiguo templo, del que sólo quedan las columnas y la
escalera de acceso, de cara al foro, mientras que de cara a la calle presenta el
aspecto de una típica iglesia barroca.
De lo que no nos damos cuenta, y no descubriré hasta mi siguiente visita a Roma,
es que existe un acceso que une ambos foros y que es posible atravesar para
visitar las ruinas de la casa de las Vestales o el templo de César.
Nuestro agradable paseo por el foro ha durado alrededor de una hora. Son más de
las tres de la tarde cuando salimos y aún estamos sin comer, así que volvemos
hacia la zona comercial de la Via el Corso donde suponemos muchos
establecimientos.
Sólo de lejos hemos podido ver el Arco de Trajano, típico lugar escogido para
las fotos nupciales. Un arco por el que sin embargo ningún judío pasará, ya que
sus relieves históricos, en los que destaca el candelabro de 7 brazos glorifican
la victoria, o la matanza, que llevó a cabo el emperador contra Israel.
Casi de casualidad, porque ya nos habíamos olvidado de ella, encontramos la
Cárcel Mamertina, ubicada bajo la iglesia de San Giuseppe dei Falegmani, junto
del Capitolio y a cuya entrada sólo piden un donativo. Es una pequeña cárcel
excavada en la roca, donde encerraban condenados a muerte. Estando presos aquí
S. Pedro y S. Pablo bautizaron a algunos conversos con el agua de una fuente que
brotó milagrosamente.
Se dice que un ángel liberó a San Pedro de sus cadenas, tras lo cual huyó de
Roma hasta que un encuentro milagroso en la Via Appia le hizo volver a cumplir
su destino.
El lugar elegido para comer ha sido la pizzería Spizzico, de la cadena Autogrill,
autoservicios que se están introduciendo en España a través de las gasolineras.
Lógicamente no esperábamos encontrar pizzerías americanas en Roma, pero es que
salvo por los dos establecimientos Autogrill que veremos, en Roma sólo parece
haber McDonald’s.
Como ya es tarde cuando terminamos la comida, decidimos dejar el Panteón y ver
únicamente Santa Maria Maggiore (Santa María la Mayor), que está de camino hacia
la residencia. De paso por la Plaza Venecia, entramos en las dos iglesias junto
al foro de Trajano, la iglesia de los Santos Apóstoles y la del Nombre de María,
pero sin demasiadas ganas de más iglesias.
No ha sido fácil dar con Santa María la Mayor; tras muchas vueltas, la larga
recta final consiste en una calle con innumerables subidas y bajadas hasta
ascender al monte donde se encuentra la iglesia, que para colmo está cerrada. A
un lado de la iglesia se levanta un obelisco para indicar su posición, y al otro
lado, la forma de la fachada principal queda disimulada por el palacio anexo.
Como otras muchas iglesias de Roma, tiene además un alto campanario de estilo
bizantino que contrasta con la gran fachada barroca.
La estación Termini está muy cerca, así que desde allí cogemos el autobús de
vuelta a la residencia.
Aunque todavía son las ocho de la tarde, creo que no podríamos haber aprovechado
más ni mejor el día. Ahora sólo queda preparar el itinerario del día siguiente,
cenar un sándwich, y descansar.
