A las 6.30 -me había colocado cerca de Rocío para oír el despertador-, desperté a todos los que debían salir pronto y me puse a preparar el desayuno. Después fui a ver qué tal se encontraba Jose Manuel, que aún tenía 37 grados y medio. Cuando en el desayuno les expliqué los planes que se habían hecho no estuvieron de acuerdo, ya que si ellos querían ir pronto al Monte del Gozo era para ir también pronto a Santiago, y si debían esperar en el monte no les valía la pena irse pronto, de modo que decidimos quedarnos hasta que Jose pudiera ponerse en marcha. Este salió un momento después de su tienda, diciendo que él se iba ya, pero conseguimos convencerle de que descansara una hora más, y si a las 9 estaba mejor, nos iríamos todos juntos. De todos modos todos se levantaron ya, pues la discusión sobre los planes de la noche anterior podía haber despertado al último ratón del campamento.
A las 9 decidimos ponernos en marcha, porque aunque Jose Manuel no estaba totalmente recuperado, no había forma de convencerle de que se quedara. Eso sí, iba muy abrigado. Hoy nos quedaban por recorrer 18 km, y no podía haber error, pues eso es lo que decían los mojones. Estábamos todos deseando hacernos una foto en el mojón que indicara el último kilómetro. Lamentablemente, desde el kilómetro 12, los mojones desaparecieron, seguramente porque había muchos y distintos caminos para llegar a la ciudad. Aunque había amanecido nublado, el tiempo mejoró mucho a lo largo de la mañana. Jose Manuel iba mejorando, ya que lo que le había pasado se debía al calor y al cansancio que habíamos pasado. De todos modos llevaba tanta ropa que yo pensaba se estaría ahogando, y para refrescarse llevaba en su cantimplora limonada que Rocío le había hecho.
En la etapa de hoy íbamos todos muy cerca unos de otros, ni los primeros se habían adelantado mucho, ni los últimos se habían retrasado. Sólo perdimos de vista a aquellos que habían ido a comprar jamón de york para Jose, y se habían quedado atrás. Los pies de Pablo estaban ya bien; también los de Gonzalo habían mejorado mucho, y todos caminábamos con mucho ánimo. Cuando faltaba poco para llegar, apareció por el camino una furgoneta de voluntarios del Jacobeo'93 que nos ofreció una cantimplora con agua fresca. Ya había leído en un periódico que había un gran grupo de jóvenes voluntarios en Santiago de Compostela para ayudar a los peregrinos durante el camino y una vez en la ciudad.
A un par de kilómetros del monte, vimos aparecer a Pablo y a Pepa, que nos pidieron a algunos que nos adelantáramos con ellos para pedir sitio en el albergue, ya que ellos habían venido en coche, y era mejor que fuéramos los peregrinos. El Monte del Gozo, por lo que había leído y lo que me habían dicho Pablo Huergo y Rocío de cuando estuvieron aquí, cuatro años atrás, me lo imaginaba como un monte pelado y sin una casa cerca, desde cuya cima se podía ver la ciudad y la Catedral de Santiago. Decía un libro que se llamaba así debido a que, cuando los peregrinos llegaban lloraban y rezaban de gozo al ver Santiago. Sin embargo, el monte no era para nada como yo me lo imaginaba; ni siquiera era como lo recordaban Pablo y Rocío. En primer lugar el último tramo lo hicimos por una carretera, pasando junto a los estudios de la TVG, la televisión regional gallega, y junto a un camping bastante grande. Las instalaciones a las que nos llevó Pablo eran impresionantes. Varios edificios de una sola planta estaban dispuestos a lo largo de un paseo empedrado, al final del cual había una tienda de regalos, una cafetería, banco, y algunas otras cosas. Una escultura en medio del paseo indicaba que desde aquí sólo faltaban 4 km para la Catedral de Santiago. Los edificios por dentro eran todos iguales. Un pasillo los cruzaba de parte a parte, dando a varios dormitorios, cada uno de ellos provisto de cuatro literas, es decir, espacio para ocho personas, con sus respectivas taquillas junto a la puerta. Los cuartos eran pequeños pero el espacio estaba bien distribuido, y en la pared del fondo había una ventana. Las primeras puertas del pasillo eran las de los servicios, con duchas de agua caliente, y en las puertas de varios edificios había máquinas de bebidas y de chocolatinas y bolsas de patatas. A nosotros nos instalaron en el último edificio, el 30 -estaban numerados-, en dos habitaciones enfrente la una de la otra. Nos dividimos los siete chicos en una y las ocho chicas en la otra. En la cama que sobraba en la habitación de los chicos se instaló uno bastante raro que no dejaba de hablar. Había muy pocos peregrinos por ahí, y nuestro edificio estaba vacío, por lo que no tuvimos que esperar para ducharnos. Después fuimos a comer junto al coche, que estaba en el aparcamiento junto al edificio que había frente al nuestro. Nos sentamos allí en el asfalto, al sol, ya que no había árboles que dieran verdadera sombra -los pocos que había eran recién plantados y muy pequeños-. Tomamos fabada y albóndigas, y cuando estábamos terminando se acercó un policía a decirnos que no se podía comer allí, cosa que a Pablo Huergo no le hizo mucha gracia, porque otra persona antes le había dado permiso. De todos modos ya estábamos recogiendo, de modo que nos fuimos enseguida.
Tras la comida nos quedamos un rato en nuestras habitaciones descansando, y discutiendo la idea de si ir esta tarde a la ciudad, a la Misa del Peregrino que se celebraba a las cinco, o descansar toda la tarde y mañana ir a la misa de las 12 de la mañana. Finalmente se decidió ir hoy, por lo que teníamos que darnos mucha prisa ya que eran casi las cuatro y no sabíamos cómo llegar a la catedral. Había autobuses que salían cada hora llevando gente desde el Monte del Gozo a la ciudad, pero, después de 180 kilómetros que habíamos hecho andando, debíamos hacer igual esos 4 kilómetros, así que debíamos darnos prisa. Guardamos las mochilas en las taquillas, que tenían llave, cogimos algo de dinero, y nos fuimos. Ya por la ciudad, la gente nos daba los últimos ánimos.
La Catedral de Santiago no se veía desde el Monte del Gozo, ni la veríamos hasta que estuvimos prácticamente al lado. Yo conocía bastante sobre esta catedral por lo que había leído sobre ella y lo que había estudiado en Arte. Pero no la conocía, y me impresionó por su arquitectura, por su belleza, y también por ese espíritu de alegría que había en todo ese grupo de personas congregadas en la plaza de la puerta principal. El origen de la catedral está en la iglesia que Alfonso II el Casto mandó edificar sobre el mausoleo del Hijo del Trueno, en un cementerio de principios de nuestra era. Tras muchas reconstrucciones, en el siglo XI se comenzó la actual Catedral. Levantada en principio en estilo Románico, fue enriquecida a lo largo de los siglos que duró su construcción con obras góticas, platerescas, neoclásicas y, sobre todo, barrocas. Hasta el siglo XVIII, cuando se levantó la fachada del Obradoiro con el Pórtico de la Gloria -obra del Maestro Mateo-, no se dio por finalizada la obra, con una estructura románica cubierta por una fachada prácticamente barroca.
Llegamos antes de lo que esperábamos, a tiempo para la misa de las 5, que junto con la de las 12 de la mañana, se diferenciaba del resto de las misas del día en que en estas dos eucaristías tenía lugar el famoso lanzamiento del botafumeiro. Este era un incensario enorme que en la acción de gracias era colgado de una cuerda frente al altar, entre cuatro curas vestidos de escarlata le daban impulso para que se moviera casi como un péndulo a lo largo del crucero. Tras unos momentos lo hacían detenerse, dejando el aire de la iglesia impregnado del olor a incienso. Esta tradición del botafumeiro parece estar basada en la costumbre de echar incienso para aplacar el mal olor de los peregrinos que no contaban con las comodidades modernas.
Sobre la Catedral de Santiago hay bastantes costumbres religiosas que no acabaron de convencerme. Nada más entrar, en el parteluz que divide en dos el Pórtico de la Gloria, se encuentra la figura del apóstol sedente, y es costumbre colocar la mano sobre la columna -donde ya se ve la marca de una mano, de tantas que han sido apoyadas en el mismo lugar-, y dar tres golpes con la cabeza en la piedra. En la Puerta Santa o del Perdón la gente tiene le costumbre de hacer tres veces la señal de la cruz, aunque nadie sabe bien para qué. Tras el altar, una obra barroca de color dorado donde se está la figura del Santo, hay unas escaleras por donde la gente pasa a abrazar a Santiago. Durante la misa yo había estado viendo brazos que salían de detrás de la figura, y llegué a pensar que alguien le estaba quitando el polvo. Hasta que terminó la eucaristía y me di una vuelta por la girola, no supe de qué se trataba. Y, por supuesto, la Indulgencia Plenaria concedida a los peregrinos que cumplen ciertos requisitos: Peregrinar hasta Santiago -lo cual quiere decir lo menos 100 km andando-, participar en algún acto litúrgico, rezar y pedir por las intenciones del Papa -recomendado el Padrenuestro y el Credo-, y confesarse en un plazo de 15 días. Como dijo María Montero cuando vimos la hoja donde nos indicaban todo esto, sólo faltaba que nos dijeran: "Y dar una voltereta en la puerta de la Catedral". Y no es que esté en desacuerdo con ello, pero creo hay muchas personas que cumplen todos esos requisitos al pie de la letra y sin embargo no están realmente preparados ni dispuestos; y otras personas, con un verdadero espíritu de peregrino, que por cualquier razón no han llegado al final o no han cumplido todo lo que le piden, y que no por ello deben tener menos derecho que los primeros al perdón. Son tantos formulismos externos los que me molestan.
Y la misa fue otro espectáculo. No había tanta gente como yo esperaba encontrar y la mayoría se concentraba alrededor del crucero. La eucaristía transcurrió con normalidad, excepto por el representante de un grupo venido de Valencia que dijo unas palabras, hasta la acción de gracias. Entonces, y antes de empezar, el sacerdote dijo que se guardara silencio y que al terminar con el botafumeiro la gente no saliera de la iglesia, pues la misa no terminaba allí. Pidió silencio y se dispusieron a lanzar el botafumeiro. La gente que había en la iglesia se había multiplicado, y todo el mundo esperaba con la cámara de fotos o el tomavistas en la mano a que pasara por su lado. Fue muy bonito, aunque daba miedo pues parecía que se iba a soltar de la cuerda y que iba a dar a alguien. Cuando terminó, la catedral se llenó de aplausos y poco a poco la gente se marchó.
Tras la misa me di una vuelta corta dentro de la iglesia. Había varias capillas absidiales muy antiguas, cuyo acceso estaba cerrado por unas puertas de hierro, y una puerta que conducía a unas tumbas bajo la iglesia que por un momento pensé que serían las catacumbas, pero no. A ellas descendían unas escaleras junto a la puerta principal de la iglesia, pero estaba cerrado. Sólo se podía entrar por la puerta que daba al exterior de la catedral, bajo las escaleras de la fachada del Obradoiro, donde había un cartel que decía "Cripta-Museo", y había que pagar para entrar.
A la Plaza del Obradoiro da también la puerta principal del Hostal de los Reyes Católicos, antiguo hospital de peregrinos, hoy convertido en hotel de lujo. La plaza estaba llena de gente, vendedores de souvenirs, turistas, peregrinos y miembros de la famosa Tuna universitaria de La Coruña, que cantaban sus canciones mientras intentaban vender cintas de música. El ambiente era festivo y gentes de todas partes y de todas las condiciones se reunían frente a las puertas de esta grandiosa catedral.
Hoy también tendríamos visita. Los padres de Rocío, con quienes ella ya había hablado por teléfono, iban a estar en Santiago el viernes y el sábado, antes de irse a León, a casa de los Huergo. Había quedado con ellos en la puerta de la catedral, y el tiempo que nos quedaba hasta ese momento lo aprovechamos para ver la ciudad y visitando las tiendas de recuerdos. Los encontramos fácilmente. Venían Luis y Pilar Guil acompañados por tres de sus hijos, Marta, Manolo y Piluca. Con ellos fuimos a un bar a probar el pulpo, muy típico de aquí, además de unois estupendos chipirones y mejillones. No se puede decir que pasáramos hambre en ningún momento. Tras el rato que estuvimos juntos en la terraza del bar, se marcharon a su hotel, y nosotros fuimos a buscar un lugar donde cenar. En un bar compraron unos bocadillos de calamares los que tenían hambre, y los comimos en la misma calle.
Por la tarde habíamos visto montar un escenario en una de las plazas que rodeaban la catedral; creo que se trataba de la Plaza de las Platerías. Luego nos enteramos que iba a haber precisamente esta noche un espectáculo de baile regional gallego, de modo que fuimos a verlo. En el camino hasta la plaza me retrasé esperando a Eugenio y a Rocío, que iban por detrás, y una esquina perdí de vista a los de delante. Di vueltas a la catedral dos o tres veces sin encontrarles. Había tanta gente en la plaza que era imposible meterse entre el gentío a buscar a nadie; menos mal que al final fue Eugenio quien me vio a mí.
El espectáculo era muy bonito, aunque la música -decían mis amigos- demasiado repetitiva, por lo que empezaron a aburrirse. Es cierto que lo era, pero yo sólo me fijaba en los bailes y en los hermosos trajes regionales que vestían las bailarinas, y la música era lo de menos. De todos modos estábamos muy cansados y la mayoría de nosotros decidimos irnos a dormir, y nos marchamos al Monte del Gozo repartidos entre el coche de Pablo y un taxi. María Montero, Mónica, Eva, Pablo, Lorenzo y Julián se quedaron viendo el Espectáculo. Cuando regresaron en otro taxi, yo ya estaba dormida.
Por la noche me desperté con bastante calor. Ya estaban todas dormidas, de modo que debía ser bastante tarde. Intenté abrir un poco la ventana, pero la persiana estaba medio bajada y no podía subirla para alcanzar a abrir la ventana sin hacer ruido. Y había hecho bastante ruido al bajarme de la litera, así que lo dejé estar e intenté seguir durmiendo.
-¡Perdone, perdone,perdone...! De nuevo me desperté al escuchar una voz que
repetía la misma palabra continuamente, y cada vez más rápido y fuerte. Me
costó despejarme, pues al principio pensé que lo estaba soñando, hasta que
reconocí la voz como la de María Montero. Después escuché murmullos, y como
Eva le decía: -Es una pesadilla. Volvimos a dormirnos enseguida, y creo que por
la mañana María no se acordaba de nada.
14 de Agosto al fin. Apenas podía creer al abrir los ojos al sábado que ya hiciera diez días desde que cogimos el tren en la estación de Chamartín para emprender el viaje a Santiago. Hoy pasaríamos el día en la ciudad, haciendo lo que quisiéramos, y por la tarde nos marcháriamos juntos; algunos juntos y otros solos, a seguir con nuestras vacaciones normales.
La habitación estaba totalmente a oscuras. El despertador que me había dejado Rocío aún no había sonado, lo cual quería decir que era muy pronto. Salí de la habitación para a respirar un poco de aire puro y vi que eran las 7, así que me volví a acostar. A las 8 me levanté, pues no conseguía dormirme. Esta vez todas se despertaron poco a poco al oír que me iba. Todas menos Rocío, que seguía durmiendo, me preguntaron si era ya hora de levantarse, y a todas por separado tuve que decir que no, que siguieran durmiendo. Cogí un bolígrafo y el palo de Eugenio, en el cual estaba dibujando todas nuestras caricaturas, y salí al banco que había en el paseo, junto a la puerta del edificio. El cielo estaba muy nublado, y en cualquier momento podía ponerse a llover. Estuve dibujando un buen rato, hasta que salió Jose Manuel, que dijo encontrarse bastante bien. Poco después se levantaron Julián y Pablo, que debía ir con su coche al hotel de los padres de Rocío para darles parte de las cosas que llevaba: las tiendas de campaña, los hornillos de gas... Hacia las 9 desperté a los que aún seguían durmiendo -que no eran muchos-, ya que debíamos tenerlo todo listo antes de las 10, hora en la que las habitaciones debían estar vacías. Además teníamos que colocar bien nuestro equipaje y enganchar el saco y el aislante a la mochila, pues hoy cada uno debía llevar sus cosas; no podía quedarse nada en el coche de Pablo. Mientras recogíamos, se puso a llover. De nuevo a abrir la mochila ya lista y sacar el chubasquero que estaba lo último de todo.
Intentamos desayunar en la cafetería de las instalaciones, pero no había chocolate con churros, así que decidimos coger el autobús de las 11 a Santiago y desayunar en un bar de la ciudad. Desde el momento en que cogimos el autobús me sentí mareada, pero pensé que se debía a no haber comido nada desde que me desperté hacía ya cuatro horas, y no le di importancia.
Desayunamos en un bar bastante pequeño donde sólo quedaba una mesa libre, de modo que los que tomamos el chocolate depie ocupamos toda la barra. Pero el camarero era muy simpático y estuvo hablando con nosotros y nos ofreció un poco más de chocolate a quien se le acababa. Mientras desayunábamos dejó de llover y salió el sol, mejorando el tiempo a lo largo del día. Tras ello fuimos a la estación para dejar en consigna las bolsas de aquellos que íbamos en tren. Aquí nos hicimos mucho lío, ya que tanto las casillas automáticas como las manuales estaban estropeadas. Primero fuimos al cuarto de las automáticas, y al intentar abrirlas empezaron a sonar unas alarmas que sonaban como pájaros piando sin parar. Más que la consigna, parecía una enorme jaula de pájaros.Después fuimos al cuarto de las casillas de apertura manual, pero también estaban estropeadas en su mayoría. Finalmente, y después de dar mil vueltas con las mochilas, conseguimos usar dos de las casillas automáticas creo que otros encontraron lugar para unas cuantas bolsas más.
Era importante, antes de hacer otra cosa, conseguir nuestros diplomas de peregrinos. Para ello fuimos a un edificio cercano a la catedral donde nos pidieron las credenciales y los carnets de identidad. Mientras unos llevaban los papeles, los demás esperamos en el recibidor, donde había otros muchos peregrinos. Al fin nos los dieron. No lo leí; creo que ninguno lo hizo. Sólo nos interesaba ver nuestro nombre escrito en latín -o en algo parecido-. El resto del documento en latín no estaba muy claro qué decía. De todos modos no es importante, se trata de un papel simbólico de lo que hicimos durante nueve días, sin mayor importancia, un diploma que no se suele nombrar en los curricula.
Comimos en la Casa Manolo, un restaurante que unos estudiantes de Santiago le habían recomendado a Pablo Cerezo; buena comida por 700 pesetas, le dijeron. Y era cierto. Comimos, aunque separados en mesas de cuatro, muy cerca unos de otros; no recuerdo bien lo que comió cada uno, pero sí que la comida era estupenda. Lo único que dejaba que desear eran los servicios, pero uno ya se acostumbra.
Tras la comida y como cada uno quería hacer algo diferente, decidimos dar tiempo libre hasta las 6, hora en la que debíamos estar en la puerta principal de la catedral. Yo me marché sola porque quería volver a ver, y esta vez con más calma, la catedral de Santiago. La recorrí por dentro y, aprovechando que eran más de las cinco, volví a escuchar misa -hoy era víspera de la Asunción-, y de nuevo observé el botafumeiro volar por el crucero. Tras ello di una vuelta fuera de la catedral para ver con calma su fachada: la Puerta de las Platerías, el más antiguo y bello de sus pórticos; la Puerta Santa, y la de la Azabachería, llamada así por el "Paraíso", centro comercial que en la Edad Media estuvo situado junto a ella y donde, además de otras cosas, se comerciaba con azabaches. Las dos torres que en la fachada del Obradoiro limitaban el Pórtico de la Gloria, el cual para mi sorpresa no se veía a simple vista, pues estaba escondido tras otro pórtico; y la Torre del Reloj. Cuando ya volvía a la plaza del Obradoiro, escuché al musico que cantaba bajo el Arco del Obispo -pegado a la catedral- cantar canciones de Silvio Rodriguez, así que me quedé un rato escuchándole. Fueron sólo unos momentos de paz, pues eran casi las 6, y debía reunirme con mis amigos. En la plaza volvimos a encontrarnos con la familia de Rocío y con el cura don Jose María y a su hermana Maruja, que estuvieron hablando un rato con nosotros.
Al fin se fueron los primeros. Pablo, Pepa, Eugenio y Roció se despidieron y se marcharon en coche para ir a Lugueros, hacia donde se marchó poco después la familia de Rocío.
De nuevo teníamos tiempo libre hasta las ocho menos cuarto. Todos se fueron de visita por la ciudad, pero yo preferí quedarme en un banco de piedra de la plaza, ya que no me encontraba muy bien. Debía tener fiebre, seguramente por el cansancio, ya que había dormido muy poco y el tiempo estaba raro, primero con frío y luego con calor. Estuve hasta esa hora escribiendo en el diario; luego me levanté y fui a la puerta a esperarles. Era fácil dar con ellos, ya que yo siempre buscaba el palo con la calabaza de Lorenzo. Una vez juntos, Pablo nos dijo que no sabía si venir con nosotros a Madrid o irse a Santander en autobús. Al final decidió que intentaría comprar un billete para el autobús que saliese primero hacia Santander, que era a las 8 de la mañana siguiente. Si no lo conseguía, ya tenía billete en nuestro tren. Antes de irnos de la plaza del Obradoiro cantamos de despedida, aunque sin la guitarra que se habían llevado los hermanos Huergo, la canción del Peregrino que habíamos aprendido y cantado todos los días del camino. Quedamos en la estación del tren, y mientras Pablo, acompañado por Jose Manuel, iba a aver lo de su billete, nosotros iríamos comprando algo de cena. Se compraron bocadillos, fruta, algo de bebida y una pequeña tarta de Santiago. Yo sólo compré una lata de refresco porque no tenía hambre.
Cuando llegamos a la estación ya nos estaban esperando allí Jose Manuel y Pablo, quien nos dijo que había conseguido billete en el autobús de las 8 de la mañana. Se quedaría a despedirnos -dijo-, y dormiría en la estación hasta que su autobús saliese. Por tanto nos sobraban tres plazas del billete de grupo que contamos, pues habíamos contado con Pablo, Eugenio y Rocío. Lorenzo no había comprado el billete con nosotros, pues él sólo iba a Zamora; sin embargo tuvimos la suerte de que su billete fuera en el mismo tren que el nuestro. Fueron a vender los billetes y, aunque al principio parecía que no iban a poder, consiguieron al final venderlas a un grupo de peregrinos que iban a Alaba y estaban desesperados por conseguir plazas en este tren. Sacamos las bolsas de consigna, donde todavía seguían cantando los pajaritos, y nos sentamos a esperar al tren, que llegó con mucha puntualidad. Tuvimos que despedirnos de Pablo y subir corriendo a nuestro vagón -no sin antes cantar de nuevo la canción del Peregrino- ya que el tren sólo paraba diez minutos y a las 10.20 se puso en marcha.
Casi todos los que habían subido al tren eran peregrinos como nosotros. Yo,
al menos, no vi a nadie que llevase una maleta, un maletín, o una bolsa de mano
normal. Todo eran mochilas, ropa sucia y pies cansados, aunque todos íbamos
contentísimos. Nuestro vagón no era de literas, y además era de fumadores, lo
cual en principio no auguraba buena noche. Los asientos se repartían en
compartimentos de ocho personas, y nosotros éramos nueve, sin contar con
Lorenzo que, aunque no le tocaba en nuestro vagón, se sentó con nosotros.
María Fernández dijo que ella se sentaría en el suelo entre los asientos del
compartimento, pero íbamos a estar muy apretados para pasar la noche. El
problñema es que todos querían estar juntos, pero al fin conseguí
convencerles de que me dejaran a mí sola en el otro compartimento, ya que
tenía fiebre y lo único que quería era descansar, y como ellos iban a cenar y
estarían de fiesta, no podría dormir.
Compartía mi departamento con un matrimonio con dos hijos pequeños que, gracias a Dios, no molestaron nada; y junto a mí se sentaban tres de los chicos a los que les habíamos vendido los billetes. Intercambié algunas palabras con la chica de mi lado, por la que me enteré de que pertenecía a un grupo de 17 chicos. Con este tren irían a Medina, donde harían trasbordo a un tren que les llevaría a Alaba. Cuando le pregunté cómo es que no habían comprado los billetes con antelación, me explicó que sí lo habían hecho, pero para el día siguiente. Este mismo día habían llegado a Santiago y pensaban quedarse una noche. Pero al llamar a sus padres se habían enterado que el padre de un compañero había muerto, por lo que éste deía regresar enseguida a su casa, y el resto de sus amigos había decidido volver con él. Sin embargo en RENFE no habían podído cambiarles el billete a todos y encontrarnos a nosotros les vino muy bien. Creo que al final sólo faltaba billete para uno, pero se coló y nadie se dio cuenta. "La providencia divina" pensé yo recordando una de nuestras dinámicas.
Mi asiento era bastante cómodo, ya que el respaldo se podía inclinar un poco y como estaba al lado de la puerta podía estirar bastante la las piernas, y como frente a mi estaba la niña de unos 6 años, no le molestaba que me estirase. Me acomodé en mi asiento e intenté dormir. Algunos chicos del grupo de scouts que estaban en el pasillo se pusieron a cantar y a tocar la guitarra justo frente a mi puerta, pero en ese momento, con los párpados que me pesaban como si fueran de plomo, apenas tenía ánimo de decirles que se fueran "con su música a otra parte". Recuerdo también que los del compartimento de al lado, es decir, mis amigos, armaban bastante escándalo, y hacia las 12.30 oí que empezaban a jugar a "Si fuera..." Asomé la cabeza por la puerta y vi a Lorenzo en el pasillo, de modo que a él le dije que no hicieran tantao ruido. Esa fue la última vez que le vi, ya que se bajó del tren hacia las dos o las tres.
En algún momento mientras yo dormía el matrimonio con sus hijos se bajó del tren, dejando sus cuatro asientos libres, que enseguida fueron ocupados por tres de los chicos que estaban en el pasillo. Dejaron el asiento que había frente al mío libre, de modo que pude ponerme más cómoda colocando los pies sobre él.
No sé que hora sería cuando me despejé lo suficiente para decidir ir al baño. Al salir al pasillo encontré allí a María Montero, sentada y con la cabeza apoyada en las rodillas, y junto a ella, tumbado sobre un aislante, dormía Gonzalo. Le pregunté a María, que no estaba dormida, por qué estaban allí, y me explicó que los demás estaban tirados de cualquier manera por el compartimento intentando dormir. Le dije que se instalara en el asiento libre de mi compartimento, pero me dijo que que espaba cómoda y prefería seguir allí. Seguí andando por el pasillo, sorteando a María y a Gonzalo con cuidado para no pisarlos, pero llevaba los ojos medio cerrados y con mi atención puesta en el suelo no vi la puerta de cristal que separaba el pasillo del final del tren, donde estaban los servicios, y me di un golpe contra ella que casi me tira al suelo. Pero ni aún eso consiguió quitar mi adormilamiento y al volver al compartimento no tardé nada en volver a dormirme.
Me despertaron varias veces las voces y el movimiento de los scouts que entraban y salían del departamento. Entró uno que se sentó frente a mí, dejándome sin espacio para mis piernas. Y un hombre que dormía en el pasillo mantuvo a todo el vagón en vela durante un rato con sus ronquidos.
Debían ser las 6 cuando los scouts llegaron a su destino, dejando mi compartimento totalmente libre. Entonces me asomé al de mis amigos para decir que alguno entrara en el mío, pero los del pasillo ya no estaban y parecía que al fin todos se habían conseguido dormir de una u otra forma, de modo que volví ami compartimento y me tumbé a lo largo de los 4 asientos.
Así conseguí dormir casi de un tirón hasta las 7 y media, cuando vi aparecer a Julián, que aprovechó los otros asientos libres para dormir él también. También me encontré con Jose Manuel y Gonzalo, quienes habían pasado mala noche y habían vomitado. Y yo, sin embargo, me encontraba fenomenal; ni fiebre ni cansancio. Gonzalo era el que peor se encontraba. Entró en mi compartimento, se sentó junto a la ventana y allí se quedó dormido hasta que el tren llegó, por fin, a la estación de Chamartín.
Allí nos despedimos y cada uno fue por su lado. Unos se marcharon en autobús, otro se quedó esperando otro tren, y otros nos fuimos en coche. Eva, a quien habían venido a recoger su padre y su hermano, se ofreció a llevarme junto con su prima Mónica.
Y así acabó la aventura que tanto habíamos esperado durante todo el año. Nos habíamos divertido, enfadado, cansado, comido y disfrutado, y también habíamos aprendido algo sobre los demás y, espero, algo sobre nosotros mismos. Yo siento que valió la pena hacer este viaje y creo que también a mis amigos. Con la idea de reunirnos de nuevo en Septiembre para hablar sobre el viaje y hacer una comida para celebrar su buen fin, nos habíamos despedido.
Yo, por mi parte, termino aquí mi misión. Intentando ser lo más realista posible, pues lo van a leer catorce personas que saben bien lo que pasó. Si hay algo erróneo, omití algún nombre o confundí un hecho, lo siento. Ha sido largo y duro recordar paso a paso todos los acontecimientos del viaje, sin tener en cuanta mi mala memoria. Así se despide una peregrina.
María Olmedo Soler