Peregrinación a Santiago de Compostela - Agosto de 1993

por María Olmedo, 1993
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Capítulo 5

11 de Agosto: Palas do Rei - Arzúa
"31 km bajo el sol"

Era más fácil despertar a todos teniéndolos en fila que golpeando en una tienda de campaña. Esta mañana me encontraba con muchas energías, después de una buena noche, aunque no todos habían dormido bien debido al colchón tan duro. Esta mañana conseguimos batir nuestro propio récord, porque salimos a las 9 a pesar de no tener que quitar las tiendas. Menos mal que ya faltaba pocos días de camino. Si no, cualquier día terminaríamos saliendo a la hora de la cena.

Hoy debíamos hacer la etapa más larga, de 26 km; nada menos que tres hojas ocupaba en la guía de Eugenio. Además el cielo estaba despejado y se veía que iba a ser un día caluroso. Habíamos guardado el pan que nos había sobrado de los días anteriores, ya que a Rocío se le había ocurrido la idea de hacer pan frito para desayunar un día, y decidimos hacerlo hoy. Calentito y crujiente, con un poco de azúcar, estaba estupendo. La verdad es que no podíamos quejarnos de cocinera; yo que creía que en el viaje pasaríamos hambre y comeríamos cosas frías...

El camino era bastante recto y apenas había cuestas. Sin embargo el sol que ya desde las 11 calentaba con fuerza y la falta de árboles junto al camino, nos agotaba enseguida. En realidad sí había árboles, que sin duda habían plantado los organizadores del Camino Jacobeo. Pero de esos árboles sólo quedaba un tronco alto y delgadísimo, del que no salía ninguna rama; y todos, salvo uno o dos, estaban muertos, de modo que no nos daba mucha sombra. Los dos grupos se distanciaron hoy mucho. Los rápidos no esperaron a los lentos, y los del final andaban al paso de los lisiados. María Fernández tenía problemas con sus pies pues, aparte de las ampollas, tenía también heridas, seguramente por el calzado que llevaba. También a Gonzalo le iba mal, y a Pablo Cerezo le dolían los tobillos, por lo que los tres iban muy despacio. Yo iba en el centro, andando sola al principio, luego con Julián, hasta que me adelantó para unirse a los primeros, y después charlando con Jose Manuel. Cuando llegamos a Melide, un pueblo bastante grande que debíamos cruzar, encontramos a Lorenzo y los demás que nos estaban esperando. Pero como ya llevaban un rato sentados, en la puerta de un bar, se fueron en cuanto todos llegamos, ya que decidimos quedarnos a comer allí, sentados en un escalón junto a la puerta del bar. Era la una y hacía mucho calor, por lo que, más que hambre, tenía mucha sed, de modo que me comí sólo parte de la comida. La lata de hoy era de magro de cerdo, que estaba estupendo. Un cachorro de perro marrón se nos acercó, al principio con un poco de desconfianza, pero después con ganas de jugar e intentando que le diéramos algo de comer. Le dimos algunos trozos de magro y, cuando a Eva se le cayó su lata abierta al suelo, aunque al principio pusimos cara de lástima, enseguida Esperanza y yo cogimos la lata y le dimos todo el magro al perro. Cuando tenía al perro cerca, le ladraba, y el empezaba a dar vueltas como loco ladrando sin parar. Durante la comida, en el camino y una vez en nuestro destino se discutiría sobre la falta de unidad en el grupo; por qué unos van tan rápido y no esperan a los demás,y por qué otros van muy despacio y se detienen cada dos por tres. Una discusión que traería muchos disgustos y sobre la que nadie se pondría de acuerdo.

A la salida del pueblo encontramos una fuente como las de antes, en la que había que dar vueltas a una manivela para que saliera el agua. Gonzalo se encargó de darle vueltas mientras nosotros llenábamos las cantimploras, pero poco después una niña tuvo que venir a ayudarnos porque le faltaban las fuerzas, a él y al resto de nosotros. El viaje fue agotador, debido sobre todo al calor; yo empezaba a sentirme mal. La comida debió sentarme mal tras andar tanto rato bajo el sol, y los últimos kilómetros fueron un infierno. Veíamos una montaña y decíamos "Está ahí, al otro lado", pero nos equivocábamos; así pasamos dos montañas e hicimos varios kilómetros extra. Lo único interesante del viaje eran los bosques de eucaliptos por los que pasábamos, donde la luz de la tarde hacía parecer las copas de estos altísimos árboles de plata al incidir los rayos del sol sobre sus hojas.

Jose Manuel, a pesar de ir con el grupo de los lentos, insistía en ir más rápido y en no parar continuamente, ya que, decía, los demás ya debían haber llegado a Arzúa. Pero los que tenían problemas con sus pies iban cada vez peor, y a la fuerza necesitaban parar. Yo me encontraba mal, pero deseaba llegar cuanto antes para ponerme en un sitio a la sombra a descansar. El cansancio, los nervios y el mal humor se mezclaron, surgiendo un disgusto entre Jose, Gonzalo y Eugenio, tras lo cual el primero se adelantó y no volvimos a verle hasta que llegamos al pueblo.

A la entrada del pueblo, por la carretera, había un bar junto al que nos estaban esperando Pablo y Pepa. Jose estaba sentado en una mesa al aire libre tomándose un refresco con cara de pocos amigos. Los demás, que habían llegado sólo un cuarto de hora antes que nosotros, ya estaban en el lugar donde pasaríamos la noche. Todos estábamos extenuados, ya que los 26 km que nos dijeron al principio se habían convertido en 31.

Hoy tampoco íbamos a acampar, sino que dormiríamos en un polideportivo, pero bastante diferente al del día anterior. Tuvimos que esperar en la puerta, junto con bastantes peregrinos más, a que nos abrieran la puerta del recinto, aunque no tardaron mucho en abrirla. El pabellón era totalmente cerrado y desde luego estaba mucho mejor equipado que el otro; contaba hasta con gradas de madera y comunicaba con los servicios. Dejamos nuestras bolsas en una esquina cercana a la puerta, ocupando espacio suficiente para dormir, ya que esta noche había mucha gente esperando dormir aquí. Después fuimos a ver los servicios y los encontramos limpios ya que, al estar el pabellón cerrado, no había entrado nadie antes que nosotros, y las duchas tenían agua caliente, lo cual para Rocío era maravilloso e increíble. Mientras nosotros nos instalábamos, Pablo y Pepa se marcharon a ver a una amiga que estaba trabajando en Orense, y no sabíamos exactamente cuándo volverían. Junto al pabellón había un campo de deportes y, al fondo, según me dijeron, un lavadero. Así que yo y otros cuantos fuimos a lavar la ropa, aunque al llegar allí nos encontramos con una sola pila para toda nuestra ropa. Después tendimos la ropa en unas cuerdas colocadas en una portería de fútbol cercana al polideportivo, y yo me quedé vigilándola. Me había llevado el cuaderno, para ponerme al día en la crónica, y un pequeño cuchillo para quitar la corteza de un palo que había encontrado junto al lavadero y que me vendría muy bien como bastón. Eugenio y Gonzalo pasaron a mi lado y se quedaron hablando conmigo un rato, ayudándome a recordar todo lo que tenía que escribir en el cuaderno; después se marcharon, y yo seguí allí tan entretenida que cuando quise darme cuenta llevaba tres horas ahí sentada. Recogí la ropa, que aún estaba un poco húmeda, y volví al polideportivo. Pablo y Pepa aún no habían vuelto, y no podíamos preparar la cena porque toda la comida estaba dentro del coche, así que unos cuantos fuimos a un bar que Rocío había visto cuando fue a dar un paseo por el pueblo donde hacían bocadillos, perritos calientes y sandwiches. Compramos los bocadillos y volvimos rápidos al polideportivo, ya que eran más de las 10 y media y nos habían advertido que a las 11 se apagaban las luces y todo el mundo debía callarse para dormir. Mientras colocábamos los sacos y las bolsas, advertí a todos que en cuanto se levantasen debían recoger sus cosas y tener todo listo fuera del pabellón antes de tomar el desayuno. De todos modos no me hacía muchas ilusiones al respecto.

Pablo y Pepa llegaron un momento antes de que apagaran las luces, cosa que hicieron sin ninguna advertencia, y acabamos de colocar las cosas a oscuras, por lo que Mónica perdió su saco, que no pudo encontrar hasta la mañana siguiente.

Rocío, que todos los días dormía a mi lado y así podía despertarme bien, esta vez durmió en otro lado, por lo que me desperté varias veces durante la noche, convencida de que me acababa de llamar porque eran ya las 6.30. La primera vez, me levanté, metí el saco en su funda, me calcé las zapatillas, y de pronto se me ocurrió mirar el reloj, ya que me extrañaba ver todo tan oscuro y no ver a Rocío moverse por ningún lado. Era la 1.30. Volví a acostarme, a dormirme, y poco después volví a despertarme con la misma sensación. Y me ocurrió más veces durante la noche. Había momentos en que me quedaba sentada un buen rato, intentando decidir si hacer caso a mi subconsciente, que me decía que era hora de levantarse, o al reloj, que dejaba claro que no era hora para estar despierta. Y, para colmo de males, un buen número de hombres que estaban allí durmiendo, nos ofrecieron un concierto de ronquidos que dejaban avergonzados los ronquidos de los chicos de mi grupo.

12 de Agosto: Arzúa - Arca

"Tarde de canciones"

Cuando Rocío me despertó a las 6.30, no estaba segura de si era un sueño o en realidad era ella. Al despertar a mis amigos, intentando no molestar a los que dormían en el pabellón, les recordé que debían recoger y sacar sus cosas antes de pensar en el desayuno. No lo esperaba, pero funcionó. A las siete estábamos todos desayunados y listos para ponernos en marcha. Si se me hubiera ocurrido hacer esto antes, y no hoy, cuando sólo teníamos que recorrer unos 16 km. Preparamos el desayuno y las bolsas de la comida junto a la puerta del polideportivo, donde pudo meter Pablo el coche. Como sólo faltaban dos días de marcha y sobraba mucha comida, pudimos elegir lo que queríamos entre todas las latas que quedaban.

De nuevo durante el camino se formaron los dos grupos, y perdimos de vista a los primeros muy pronto. Aunque casi todos los días iban al puesto de la cruz roja -siempre había uno cerca, los pies de algunos no mejoraban demasiado. María Fernández dijo estar como nueva, pero Pablo Cerezo iba muy mal, y se le hincharon los pies; tampoco Gonzalo caminaba bien. Los 16 km del principio, se convirtieron en 20, pero hoy no me importó, ya que yo veía el lado positivo: Hasta Santiago quedaban menos de 40 km y cuantos más hiciéramos hoy menos haríamos mañana. Podían equivocarse las guías -aunque no lo habían hecho hasta estos dos últimos días-, pero los mojones de piedra que pasábamos a cada rato no podían equivocarse.

Tardamos poco en llegar al pueblo, por lo que compramos el pan ahí. La zona de acampada estaba junto a un bar, lo cual nos venía muy bien. Entramos en un campo de fútbol con tiendas de campaña del ejército y con una pequeña zona de césped para instalar las tiendas de los peregrinos, unas gradas cubiertas y unos servicios con duchas, si es que podían llamarse así porque, a pesar que creíamos estar preparados para cualquier cosa, no pudimos ducharnos en eso.

Nos sentamos a comer en las gradas, junto al grupo de 100 chicos venidos de toda España que habíamos conocido en Cebreiro. Tras la comida nos pusimos a cantar y a tocar la guitarra, igual que el otro grupo. Empezó cuando Pablo Cerezo, al escuchar que los otros chicos cantaban 'Feliz Cumpleaños' a una de sus amigas llamada Cristina, cogió la guitarra y le cantó una versión de esa canción que parecía más bien de Frank Sinatra. Después de cantarla mil veces, decidimos variar. Cogimos los cancioneros que guardaba Pablo Huergo en la funda de su guitarra, y nos pusimos a cantarlas. El otro grupo cogió su guitarra e hizo lo mismo que nosotros. Al principio cantábamos cada uno una canción, lo cual era un verdadero lío y sonaba fatal. Gracias a Dios que poco a poco empezamos a cantar las mismas canciones. A pesar de ello y de la voluntad que todos pusimos, no sonaba muy bien la cosa, hasta que María Fernández se animó a cantar sola. María tiene una voz privilegiada, y cuando empezaba a cantar canciones como "Al alba" o "Tómame, déjame", todos nos callábamos y los chicos del grupo de cien se la quedaban mirando. Lástima que al final no pude convencerla de que me cantara el "Ave María" de Schubert; y a pesar de que me lo prometió, aún estoy esperando oírlo.

A media tarde unos cuantos sugirieron que, como la etapa hasta el Monte del Gozo, a la entrada de Santiago de Compostela, era muy corta -a estas alturas 15 km no eran nada-, podíamos hacer este marcha de noche. Es decir, dormir ahora una larga siesta, cenar y hacer una dinámica hacia las 7 de la tarde, y dormir en las gradas de cualquier manera, ya que no valía la pena poner las tiendas para tan poco rato de sueño. Nos levantaríamos hacia las 3 y nos pondríamos en camino hacia las 4 de la madrugada. Tardaríamos unas tres horas en llegar, por lo que podríamos ver amanecer en el Monte del Gozo. Allí descansaríamos hasta por la tarde; entonces iríamos a Santiago para asistir a la misa del peregrino.

No sé por qué decidieron cambiar los planes, realizados antes de empezar la peregrinación. Pero como todos parecían de acuerdo, para así caminar de noche y tener dos días enteros para ver Santiago, todos aceptamos el plan. A mí ni me gustaba ni me dejaba de gustar; el único inconveniente para mí era que, como ya he dicho antes, no puedo dormir de día, por lo que de noche estaría muy cansada. Pero una vez en marcha no notaría el sueño, y podía ser muy divertido andar en la oscuridad. En realidad pocos durmieron por la tarde, porque armábamos un escándalo con las guitarras que despertaría a un muerto. Lorenzo sí que pudo dormir algo, pero no sé si alguno más lo consiguió.

Una mujer de mediana edad, se nos acercó varias veces durante la tarde para hablar con nosotros. Era valenciana, y venía con un grupo de disminuidos psíquicos. Poco la entendimos, ya que empezaba a hablar en castellano y enseguida se ponía a hablar en valenciano. Ni yo misma, que entiendo bastante del valenciano, podía coger todo lo que decía. Pero cuando alguien preguntó en qué estaba hablando la mujer, y Gonzalo dijo "Un catalán muy raro", casi me lo cargo. ¿Catalán? Qué vergüenza llamar así al valenciano de la tierra de mi madre. Y no es que tenga nada contra los catalanes, pero es que este tipo de equivocaciones no se pueden tener. A ver si alguien dijera que el catalán es un valenciano raro. En fin, volvamos a lo que nos interesa. A media tarde Jose Manuel, que ya decía que llevaba un rato diciendo que no se encontraba bien, empezó a vomitar, y cuando le pusieron el termómetro tenía fiebre. Le hicieron tomar una manzanilla y descansar, pero su estado no mejoró en toda la tarde, por lo que tuvimos que cambiar de planes, a pesar de que Jose decía continuamente que él salía para Santiago a las 4. Por la noche cenamos pure Maggi con chorizo y pollo sentados en las gradas, que las teníamos para nosotros solos desde que el grupo de los 100 chicos se fuera a sus tiendas. Después Lorenzo dijo que él se iba al bar, ya que, como había dormido al mediodía, ahora no podría conciliar el sueño, y varios le acompañaron. Los que nos quedamos, intentamos decidir lo que íbamos a hacer. Habían instalado una tienda de campaña en un pequeño terreno de hierba que había junto a las gradas, para que durmiera en ella Jose Manuel. Nosotros dormiríamos en las gradas, pues la noche no era fría y podíamos estar muy cómodos, mientras no nos moviéramos demasiado. Por la mañana, al despertarnos, a las 6.30 como siempre, veríamos qué tal se encontraba Jose Manuel. Si seguía igual, Rocío, Eugenio y Gonzalo, junto con Pablo y Pepa, se esperarían hasta las 9 o hasta que hiciera falta, para salir con Jose cuando estuviera mejor. Quedaríamos en el Monte del Gozo, y así terminaríamos el viaje juntos hasta la catedral de Santiago.

Le dije a Rocío que, como ella no tenía que levantarse pronto, yo me encargaría del desayuno, y así nos acostamos. No pudimos contarle nuestros planes a los que estaban en el bar, pues volvieron a las 3, cuando ya todos estábamos dormidos.