Todos pasamos una buena noche excepto Eva, a quien la cena debió sentarle mal y por la mañana vomitó. No quiso desayunar nada, y cuando nos pusimos en camino aún no estaba bien del todo.
La etapa de hoy era larga, 24 km, pero no demasiado cansada pues seguía nublado, aunque el tiempo mejoraría a medida que llegaba el mediodía. El paisaje de Galicia era muy hermoso; un horizonte verde y lleno de árboles, muy diferente al de las tierras de Castilla; vacas y caballos junto al camino, y pequeños pueblos de gente sencilla que podrían haber sido de cualquier otro pueblo de montaña de España, si no fuera por ese acento tan característico que yo hasta ahora sólo había escuchado en chistes. Seguir el camino era fácil, pues teníamos, si no carteles que nos indicaran la dirección, mojones de piedra con el distintivo de los peregrinos -una vieira- con flechas o donde se indicaban los kilómetros que faltaban hasta Santiago. Además, e igual que Dorothy siguió el camino de baldosas amarillas para llegar a la ciudad del Mago de Oz, nosotros seguíamos las flechas amarillas. Eran flechas hechas con pintura amarilla sobre la carretera para avisarnos dónde desviarnos, sobre las piedras en un cruce de caminos para mostrarnos cuál era el correcto, y piedras de las casa de los pueblos pintadas de amarillo para indicarnos por qué calle seguir. Había momentos en que el camino prácticamente desaparecía y parecía que nos habíamos perdido, cuando encontrábamos una de esas flechas. Lo que todos nos preguntábamos es quién se habría dado la paliza de recorrer todo el camino de Santiago para pintar todas esas flechitas.
Tras una bajada muy empinada apareció el pueblo de Portomarín ante nuestros ojos; se llegaba a él a atravesando un enorme puente que cruzaba el río Miño, hoy absorbido en esta parte por el embalse de Belesar. Durante la marcha los grupos se habían distanciado mucho unos de otros, y cuando yo llegué al puente no veía ni a los que iban delante ni a los que tenía detrás; iba sola con María Montero, y ella me ayudó a cruzar el largo puente, pues sentía vértigo. Tras cruzar el río tuvimos que subir una alta escalinata -que me cansó más que todo el día de marcha-, y allí encontramos a Pablo y Pepa esperándonos con los peregrinos que ya habían llegado. Los que faltaban ya estaban cerca, y una vez estuvimos todos arriba nos hicimos una foto en los últimos escalones. Tras la escalera había una pequeña ermita bajo la cual pasamos, que era la puerta de acceso al pueblo. Portomarín es un pueblo bastante grande y nuevo, ya que en realidad este no es el pueblo original. El embalse de Belesar inundó el primitivo pueblo de Portomarín, que estaba situado a ambos lados del río Miño. Dicen que cuando las aguas del embalse bajan bastante, se puede ver restos del pueblo y, en el centro, el puente que unía las dos partes del pueblo. Al nuevo poblado se trasladaron los edificios más interesantes, como la iglesia de San Nicolás o la de San Pedro. El albergue estaba junto a un parque donde se podían instalar las tiendas. El parque era bastante pequeño para tantas tiendas como había, y por ello Pablo y Pepa, nada más llegar, habían instalado todas las tiendas para que no nos quitaran el sitio. A pesar de todo estaban muy juntas; pero el lugar era bueno, pues estábamos frente a la fuente del parque y había un espacio a nuestro lado sin tiendas y con un banco de piedra donde podíamos descansar ahora y, a la hora de la cena, preparar la comida. El mayor inconveniente es que el terreno estaba bastante inclinado, y ya me iba haciendo a la idea para pasar otra noche en vela. Pegada al parque se encontraba la iglesia de San Pedro, que era bastante pequeña y en la misma calle, junto al albergue, teníamos servicios y duchas, que encontramos enseguida gracias a la larga fila de gente que llegaba hasta allí.
Comimos y descansamos a la sombra de los árboles junto a las tiendas. Unos se enteraron de que había una piscina a la que se podía ir por sólo 150 pesetas, y muchos fueron a bañarse. Yo preferí una ducha, aunque fuese de agua fría. Mientras esperaba en la fila, que ya no era tan larga, ayudé a una mujer extranjera -por su aspecto yo diría que inglesa- a hacerla entender que no podía lavar su ropa en los lavabos del servicio, pues estaba prohibido, y aunque no tenía idea de como se decía 'lavadero' en inglés, conseguí explicarle que había uno cerca.
Había pensado poner los pies en remojo un rato, ya que yo no lo hacía desde el primer día, pero cuando volví de la ducha encontré que la palangana que iba a usar la tenía María Fernández, de modo que decidí ir a ver el pueblo. Entré en una tienda de regalos, para comprar algún recuerdo, y después fui a visitar la iglesia de San Nicolás, que estaba al lado. Esta, conocida anteriormente como Iglesia Prioral de los Caballeros de San Juan de Jerusalén, es una excelente iglesia-fortaleza románica, del siglo XII. En la fachada principal, orientada hacia Poniente, hay un rosetón, y el techo está almenado como si fuera el torreón de un castillo. El interior está formado por una sola y gran nave, y nada más entrar puede verse algo que llama mucho la atención; a mí, al menos, me dejó asombrada. Junto al altar, a la izquierda, y dentro de una pequeña y sencilla cruz de madera, un reloj digital cuyos números amarillos brillantes se ven desde antes de entrar en la iglesia.
Me compré una Coca Cola y volví al campamento, donde ya pude poner los pies en remojo. No tenía ni una sola ampolla -era de los pocos a los que aún no les había salido-, y no me dolían, pero un momento de descanso para ellos y para mí no venía mal. La lástima es que no pudiera dormirme, porque yo soy incapaz de quedarme dormida hasta por la noche. Mientras estaba ahí tumbada en la hierba fueron llegando los de la piscina, y a las 7 ya estábamos listos para hacer una dinámica. Esta se titulaba "El retrato" o "Si fuera", y consistía en que, mientras uno de nosotros se alejaba, los demás elegiríamos a uno de los que habíamos quedado. Luego el que se había marchado volvería y tendría que adivinar de quién estábamos hablando mediante preguntas del tipo de 'si fuera...' un animal, una planta, una profesión, un color... Salieron así las cosas más raras y más lógicas, algunos descubrieron enseguida de quién se hablaba, y con otros estuvimos siglos preguntando. A mí me identificaron enseguida, y quedé como 'una margarita o una amapola, un color verde o gris -me quedo con el verde-, y, como animal, no era difícil, un perro o un gato. Esto sin duda se debe a esa manía que yo tengo de ladrar y maullar, cosa que me encanta por ver a las personas junto a las que paso volverse a ver dónde está el animal, y por ver a los perros que se ponen a ladrar histéricos sin ver otro perro cerca. No recuerdo bien cómo quedaron los demás, sí recuerdo que María Fernández era un violín, Julián un libro de literatura, Eugenio un coche teledirigido y Esperanza un ratoncito de campo.
Tomamos de cena una sopa de mariscos y raviolli, además de unas albóndigas que les habían sobrado a otros. El hombre de barba con quien habíamos hablado en Sarria volvió a visitarnos, y dijo que ya no nos veríamos más, pues ellos se iban a quedar el día siguiente en Portomarín para descansar, lo cual me dio mucha pena, a pesar de que ni siquiera sabía su nombre ni de dónde era. Como despedirte de un viejo amigo al que sabes que no volverás a ver, aunque fuera un viejo amigo de sólo un par de días.
Nos acostamos cuando ya estaba casi todo el mundo durmiendo, y su tienda, las dos Marías, Esperanza y Mónica no paraban de hablar y reírse hasta que se escuchó por todo el campamento el grito de alguien diciendo que se callaran de una vez. Como me había temido, dormí fatal esa noche. Me resbalaba continuamente hacia abajo y me coloqué de mil formas para intentar dormir. También Eva parecía con problemas para dormir, y creo que no fuimos las únicas. Y, como todas las noches, en algún momento escuché la voz de Rocío: -María, ¿Qué hora es?
No hacía mucho frío cuando salí de la tienda, aunque los demás parecían en desacuerdo conmigo. Algunos tenían ya asumido que había que levantarse en cuanto les llamase, si no, habría sido muy capaz de hacerles caer la tienda encima; pero otros seguían protestando. El desayuno fue rápido y enseguida hicimos las bolsas de la comida, aunque el coche fuera del parque nos venía muy mal para ir metiendo y sacando cosas. No sé qué nos pasó esta mañana, pero hubo una desorganización completa. De algún modo conseguimos hacer lo que habíamos hecho bastante bien los días anteriores en unas dos horas y media, es decir, que debían ser las 9 cuando salimos del parque. Antes de dejar el pueblo y como pasamos por al lado, los que no habían visto la iglesia de San Nicolás entraron a verla, y es raro pero algunos no se percataron del reloj digital hasta que yo se lo señalé.
Durante el viaje el cielo estuvo nublado, de modo que caminamos con ánimo y, aunque eran unos 23 km, no se nos hizo largo. De todos modos y aunque el paisaje era bonito, era igual al del día anterior, y llegó un momento en que empecé a aburrirme. Deseaba llegar, no por el cansancio, sino porque me aburría de tanto andar. Y no nos encontrábamos con otros peregrinos sino de vez en cuando; las conversaciones se iban agotando, e incluso el coro del grupo se quedaba sin repertorio de canciones, por los que se pasaba el rato, hasta que todos les gritábamos que se callasen cantando una canción muy larga:
La tiraron al barranco, la tiraron al barranco, toda vestida de blanco la tiraron al barranco. Fin de la primera parte, fin de la primera parte y ahora viene la segunda que es la más interesante: La sacaron del barranco, la sacaron del barranco, toda vestida de blanco la sacaron del barranco. Fin de la segunda parte, fin de la segunda parte y ahora viene la tercera que es la más interesante: La tiraron al barranco...
Y así seguía, repitiendo las mismas estrofas una y otra vez, a pesar de decir que eran la tercera, cuarta o décima estrofa y a pesar de cambiar de vez en cuando el color de su vestido. Y hasta yo, que me gusta mucho andar sola pensando en mis cosas, me quedé sin cosas en las que pensar.
Pero no todo el rato era así; de vez en cuando encontrábamos cosas curiosas por el camino, como fuentes en forma de enormes conchas de piedra, notas puestas en los mojones de piedra que unos peregrinos dejaban a sus compañeros rezagados,.. Y de vez en cuando debíamos caminar por lugares que en cualquier otra época del año habrían sido pequeños riachuelos, y que ahora en verano llevaban un poco de agua, la suficiente para dejar el suelo embarrado o resbaladizo; o caminar bajo los árboles, pero no cubiertos por sus ramas, sino por las raíces que salían de la tierra a ambos lados del camino. En esos momentos parecía que estábamos en la selva, y era divertido. Los grupos de rápidos y lentos no iban demasiado distanciados, aunque si no hubiera sido por el cayado con una calabaza atada a él y la gorra roja que siempre llevaba Lorenzo, muchas veces hubiera pensado que se habían adelantado hasta desaparecer, él y su grupo de fórmula 1.
Cuando al fin llegamos a Palas do Rei -o Palas de Rey-, estábamos todos llenos de polvo porque la mayoría del camino lo habíamos hecho por caminos de tierra. Era divertido ver como, al bajar un calcetín, se veía claramente la marca que dejaba la suciedad en la pierna con la parte que el calcetín protegía. Tuvimos problemas hasta decidir dónde podríamos dormir, ya que el campo para acampar era enorme, pero la tierra era polvo que el aire metía por todos lados, y se nos colaría en las tiendas. Visitamos las enormes tiendas que el ejército había instalado, donde cabían unas 30 personas. Pero las tiendas olían a establo y también en ellas entraría el polvo. Eugenio y Pablo Cerezo tenían alergia al polvo, por lo que no podían dormir allí. Pablo Huergo nos contó que, cuando cuatro años antes hizo el Camino de Santiago, durmió en el pabellón del polideportivo que teníamos al lado. Unos fueron a preguntar si nosotros podíamos dormir allí, y nos dieron permiso, así que volvimos a cargar con nuestras mochilas fuimos hasta el pabellón y Pablo pudo aparcar el coche junto a la puerta. Hoy no tendríamos que poner las tiendas. Este estaba pegado a un campo de fútbol; en él había unos vestuarios que tenían servicio y ducha, no en muy buen estado, y además un cartel decía que sólo se daría el agua de 9 a 10 de la noche. Por una puerta se podía pasar del campo de deporte a una piscina pública donde la única condición era llevar gorro de baño. Como todos querían bañarse, no tuvieron más remedio que ir al pueblo a comprar los gorros. Yo no quería ir a la piscina, a pesar de lo pesados que se pusieron todos para que me bañara. En lugar de eso me acerqué a los vestuarios para descubrir que sí había agua. Pero cuando entré en el de señoras, me llevé una sorpresa, porque había varias mujeres esperando para ducharse sentadas en bancos, mientras un hombre se duchaba en una de nuestras duchas. Cuando terminó, se quedó lavando ropa sucia en uno de los lavabos, mientras entraban por fin las mujeres en las duchas. Cuando ya me había duchado y estaba a punto de irme, escuché los gritos de las mujeres que se estaban duchando cuando de pronto se cortó el agua. Me fui riéndome, y, cuando volvieron los de la piscina, me dijeron que también allí habían cortado el agua, pero que había sido sólo un momento. Más veces volvería a cortarse el agua esa tarde y al día siguiente.
El pabellón era muy grande, con canchas de baloncesto y porterías de fútbol, donde unos chicos jugaban a baloncesto cuando llegamos. Aparte de nosotros, no había ningún peregrino en el pabellón, de modo que teníamos mucho espacio. Lavamos algo de ropa en un grifo que había en el campo de fútbol, y la colgamos en las cuerdas que Julián colocó en una de las porterías, donde daba el sol. El techo del pabellón no estaba totalmente cerrado, y en las paredes había enormes ventanales por donde, de haber llovido, nos habría entrado toda el agua, como nos contó Pablo que le había pasado la otra vez que él durmió aquí.
Estaba sentada sobre mi aislante dentro del pabellón, cuando Gonzalo vino a decirme que ahí fuera estaba el cura de mi urbanización. Yo al principio no me lo creía; sabía que don Jose María había dicho que algún día vendría a visitarnos, pero no me imaginaba que apareciera tan de repente y que además hubiera podido encontrarnos en un lugar tan apartado del resto del campamento. De todos modos salí y encontré al párroco con su hermana Maruja, hablando con Pablo Huergo junto a su coche. Además nos traían la cena y,¡qué cena! Unos filetes de carne empanados, unas empanadas de carne y de bacalao, y una barra de pan estupenda que don Jose María había encargado expresamente para nosotros. Y de postre, una tarta de almendra. De bebida habían traído además unas botellas de vino blanco y vino tinto y varias botellas de refrescos. Como habíamos pensado -antes de ver aparecer al cura y a su hermana- comprar un melón o una sandía y además teníamos que comprar bebidas, don Jose María se ofreció a llevar a alguien al pueblo para ir de compras, así que Eugenio y Gonzalo les acompañaron. Y, por lo que contaron a su vuelta, el viaje fue una divertida aventura. Ya en el coche los dos chicos apenas podían resistir el olor a comida que había. Fueron al colmado del pueblo -como se llamaba antes a los actuales supermercados- para comprar la sandía. Allí tuvieron una discusión con la empleada que decía que lo que señalaban era una sandía, mientras que los otros insistían en que era un melón. De pronto el cura se puso a jugar con el melón y se lo lanzó un par de veces al amigo de la cajera para ver si tenía reflejos; la segunda vez le dio al chico en el pecho y estuvo a punto de caerse la fruta al suelo. Mientras don Jose María iba a comprar las bebidas, Eugenio y Gonzalo fueron a comprar unas chanclas que éste necesitaba. Cuando volvieron al coche, El cura todavía no había vuelto; estaba en un supermercado, intentando enfriar las bebidas en una cámara frigorífica. Le convencieron de que así no daría tiempo a que se enfriaran y que era mejor comprar hielos en una gasolinera. Cuando iba a pagar, don Jose María desdobló y extendió un billete de 10.000 pesetas ante la asombrada empleada: -Limpio y nuevo; a ver si las vueltas son tan limpias como este billete. Cuando la cajera le estaba dando el cambio, él le preguntó: -¿Quiere cambio? -No, gracias, ya tengo. -¡Qué desagradecida eres! Al oír esto la mujer, que pensaba que hablaba en serio, rectificó: -Bueno, bueno... ¿Tiene 475 pesetas? Parecía que ya estaba todo arreglado, pero resultó que el cura no tenía el suelto suficiente, y cuando al fin le dio el suelto que tenía, se hizo un lío al sacar las monedas de 5, 25... Al fin fuera del supermercado se dirigieron a la gasolinera, donde les dijeron que no tenían hielos. Mientras los chicos y Maruja esperaban dentro del coche, don Jose María entró en un bar junto a la gasolinera para comprar el hielo. Tardaba mucho, por lo que su hermana dijo: -Buena señal. Se los estarán preparando. Cuando al fin volvió al coche, les explicó que en el bar no vendían hielo, pero que al saber que era cura se lo regalaron y como le daba vergüenza irse sin tomar nada, se tomó una sidra.
Colocamos las esterillas en círculo y, aprovechando unas tablas de madera y unos ladrillos que había dentro del pabellón, hicimos un banco para colocar la comida y para que se sentaran el cura y su hermana. La cena estaba estupenda, incluso la empanada de bacalao, que al principio no veía con buenos ojos. Sólo sobró media empanada y media tarta de almendra, que decidimos dejar para el día siguiente.
Tras la cena nos despedimos de Maruja y don Jose María, que volvieron a su casa, y empezamos a colocar nuestras cosas para dormir. Colocamos todos los sacos en fila, pegados contra la pared de modo que el viento, que era lo único molesto de esa noche ya que no hacía mucho frío, no nos molestase. Fuera del pabellón, tumbados en la hierba bajo un árbol, había un par de peregrinos durmiendo, y les dijimos que entraran, pero ellos no quisieron ya que, decían, estaban hartos de suelo duro. Yo, personalmente, estaba deseando dormir en un suelo de piedra y sin inclinación. Me acosté junto al saco de Rocío para escuchar el despertador, y estuve mirando las estrellas hasta que me dormí, para no volver a abrir los ojos hasta la mañana siguiente.