Había pasado una buena noche, pero, al despertar, me di cuenta de que el interior de la tienda estaba bastante húmedo. Las nubes que había visto acercarse el día anterior habían llegado hasta nosotros, formando a ras del suelo una espesa niebla que empapó nuestras tiendas y nuestras mochilas. Levantarse, hacer el desayuno y, especialmente, recoger las tiendas empapadas, era algo difícil e incómodo con esta humedad. Si al menos hubiera sido lluvia, que cae de arriba a abajo, el interior de las tiendas y las bolsas tapadas por los sobretechos estarían más o menos secas, pero con la niebla el agua había entrado por todas partes.
Nos abrigamos, con pantalones largos y jerseys y chubasqueros, y para proteger las mochilas las cubrimos con bolsas de basura. Pablo Cerezo, que en vez de chubasquero llevaba una capa de agua, no usó bolsa de basura, sino que puso su mochila bajo la capa, pareciendo, con ayuda de la niebla, un dromedario.
Mojadas, llenas de paja y suciedad del suelo, las tiendas de campaña pesaban y ocupaban mucho espacio, por lo que no fue fácil meterlas en sus bolsas. En cuanto al desayuno, aunque pasado por agua, nos sentó bien un vaso de leche caliente. Lo incómodo fue preparar las bolsas de comida y cortar el chopped de los bocadillos.
Habíamos pensado esperar a que saliese el sol y el cielo se
despejase un poco antes de ponernos en marcha, pero cuando vimos
que la niebla iba a durar bastante, y que la poca luz que nos
llegaba del sol no nos iba a servir de mucho, decidimos irnos ya,
así que nos despedimos de Pablo y Pepa, que habían quedado
encargados de comprarnos el pan, y nos pusimos en camino.
Desde que llegamos a Cebreiro dejamos León y entramos en Lugo,
Galicia. Y la primera impresión que recibí del paisaje gallego
no fue muy buena, ya que apenas se veía nada; sin embargo,
después del calor de los días pasados, venía bien un día así. Hoy
debíamos llegar hasta Triacastela, a 23 km de distancia.
Siguió nublado casi todo el día, pero después de un rato
andando dejamos de tener frío. A mitad de camino encontramos un
Monumento al Peregrino, representado por una gran escultura que,
rodeada por la niebla, casi parecía un peregrino auténtico
caminando con dificultad debido al mal tiempo.
El camino era bueno -aunque veíamos poco de él-; bastante llano, y en algún momento tuvimos que ir por la carretera; eso era lo peor, pues con la niebla los coches podían no vernos, así que en esos momentos yo me puse la primera, pues mi chubasquero rojo era el más visible, con una linterna que encendía cuando veía acercarse un coche.
No habíamos quedado con los del coche en ningún lugar concreto, de modo que, al ir a dejar la carretera, escribimos en una tubería de cemento y con un trozo de ladrillo, un mensaje en que, tras dibujar el emblema de mi urbanización, escribimos un lugar donde quedar con ellos. A pesar de nuestros esfuerzos, yo estaba segura de que no verían el mensaje.
Sólo tuvimos un par de cuestas arriba, nada después de lo del día anterior, y, cuando llegamos a lo alto de un monte, nos encontramos a Pablo y Pepa esperándonos. Como imaginaba, no habían visto el mensaje; sin embargo, por una coincidencia, nos estaban esperando justo en el lugar que indicábamos en la tubería.
Estuvimos allí poco tiempo, justo para coger el pan, ir al servicio de un bar que teníamos al lado, y quitarnos la ropa de abrigo, ya que el día empezaba a mejorar. Después nos despedimos de los conductores y nos pusimos de nuevo en marcha.
A partir de ese momento el camino era casi todo bajada, lo
cual significaba que, aunque andaríamos bastante rápido,
acabaríamos agotados, con las piernas cargadas. De todos modos
al andar íbamos muy bien, excepto los que tenían molestias por
sus ampollas, y el que peor caminaba era Gonzalo. Apenas tuvimos
que parar, ni siquiera para, como la llamábamos, la "parada de
los frutos secos", tan esencial para nosotros los días
anteriores.
El camino discurría desde hacía rato por medio de la
montaña, siendo una estrecha vereda entre helechos, desde la que
teníamos una vista preciosa; a lo lejos se veía un pueblo que
imaginamos era Triacastela.
Paramos a comer en un pequeño espacio llano junto al camino,
cerca de una casa que parecía abandonada. Hoy teníamos ensalada,
bocadillo de chopped y una naranja. El limón, creo que pocos
necesitamos tomarlo.
A medida que llegábamos a Triacastela el tiempo mejoraba y los "rastros" dejados por las vacas, ya habituales en nuestro camino, eran cada vez más abundantes. En un momento dado, tuve la mala suerte de resbalar al pisar un excremento de vaca, y, de no haber puesto la mano a tiempo, habría acabado sentada sobre ella. Ahora bien, ni mi mano ni mi zapatilla y calcetín se salvaron. Me limpié como pude, con las plantas junto al camino y las toallitas húmedas que tenían algunos, e intenté no hacer caso de las risas de todos por mi pequeño descuido, el cual menciono en estas memorias en contra de mi voluntad.
En fin, llegamos a Triacastela a las 3 de la tarde. Antes
de entrar en el pueblo, había un gran descampado donde se podía
poner tiendas; dos edificaciones servían de albergue y en una de
ellas había duchas. El lugar era estupendo. Escogimos una zona
cerca de la barandilla de piedra que nos separaba del camino
donde el terreno no estuviese muy inclinado, y allí nos
instalamos. Rocío, Eva y yo tuvimos la suerte de encontrar un
montón de paja que seguramente alguien colocó otro día para poner
su tienda encima, y también nosotros pusimos nuestra tienda allí.
Hoy dormiríamos sobre blando.
Las tiendas seguían mojadas, así que, como había salido el sol
y hacía calor, colocamos sólo la parte interior de las tiendas.
Los sobretechos los extendimos sobre la hierba, e hicimos lo
mismo con la ropa que habíamos lavado el día anterior y que aún
no se había secado. Una hora después de llegar, el espacio usado
por nosotros parecía más un campamento de gitanos que unas
tiendas de peregrinos, con bolsas, tiendas y ropa desperdigada
por todos lados. Y, tras una ducha de agua fría -pero...¡qué
delicia!-, dejamos también las toallas sobre las tiendas para que
se secaran.
Después de un rato de descanso, unos cuantos fuimos a ver
el pueblo y a tomar algo a un bar, de paso que íbamos a que nos
sellaran las credenciales, que podían hacerlo tanto en un
albergue como en un bar.
La iglesia del pueblo era antigua, de piedras superpuestas y con
el cementerio pegado al edificio -como casi todas las iglesias
que pasábamos en nuestra marcha-. El interior no era tan bonito;
tenía una decoración muy variada y no muy acertada. Las figuras
del altar -dijo Rocío- parecían muñecas de porcelana como las que
se hacían antes. Yo no me fijé mucho en la decoración, porque me
llamó la atención algo que vi a la derecha del altar: un reloj
de pared, allí, dentro de la iglesia; era la primera vez que yo
vería algo así -aunque esto no es nada comparado con lo que vería
unos días después-.
En el bar del pueblo estuvimos un rato sentados, bebiendo
unos refrescos, y después volvimos al campamento, pues se nos
hacía tarde para realizar la dinámica antes de cenar.
Empezamos a hablar sobre la oración, pero pronto la charla
degeneró en una discusión sobre los temas más diversos: la
libertad que Dios nos ha dado y el origen del mal en el hombre,
el amor, qué es bueno y qué es malo... Y seguramente pocos hoy
recordarán bien qué se dijo exactamente, pues, como suele pasar,
al final eran pocos los que hablaban, y aquellos que podían, no
escuchaban lo que los otros decían, sino que tenían preparada ya
de antemano una respuesta a lo que el otro dijera, fuera lo que
fuese. Una de estas discusiones que a mí me ponen de mal humor
porque nadie escucha nada, no hay orden y al final no se saca
ningún resultado positivo; de hecho, no se saca nada. Y, como
siempre, yo me guardé mi opinión para contarsela a las flores,
que sin duda estarían más dispuestas a escucharme.
De todos modos, sobre el tema que se discutía no creo que nadie
pueda haberse puesto de acuerdo nunca: Si Dios nos ha dado la
libertad, ¿cómo puede conocer nuestro futuro? ¿Está nuestro
futuro realmente escrito?
Tras la dinámica, cuando aún no había anochecido, preparamos la cena sobre la baranda de piedra, la cual nos vino muy bien pues teníamos el coche al lado y la usábamos de mesa. Casi todos participamos para preparar unos estupendos tortellini con nata y bacon y cebolla fritos. Al final, aunque el paquete decía que era para muchas más raciones de los que éramos, tocó a poco. De todos modos teníamos después fiambre para tomar con pan.
Habíamos visto en un cartel que en el pueblo iba a cantar
un grupo musical, "Alex y Manuela", y parecía que la gran mayoría
quería ir al pueblo. Solo Gonzalo, bastante fastidiado por sus
pies, Eugenio, Rocío y yo nos quedamos en el campamento. Yo me
acosté en seguida; otros, se quedaron hablando junto a las
tiendas.
Aquellos que habían ido al pueblo, encontraron que este
grupo musical cantaba sólo en gallego. María se acercó al
escenario para pedir que cantaran alguna canción en castellano;
entonces la cantante dijo al público que unos madrileños habían
pedido una canción en castellano, pero como ellos querían
defender la madre tierra, todo lo cantaban en gallego. Sin
embargo -dijo- podían tocar música y que esos madrileños subiesen
al escenario a cantar. Esto dejó a todos cortados, aunque había
poca gente viendo el espectáculo. Al fin Eva se animó a cantar
y a bailar con María. Les tocaron el chotis de "Pichi", del cual
apenas se sabían los pasos de baile y la letra de la canción;
pero se defendieron bastante bien, y se ganaron, además de las
risas de sus amigos, muchos aplausos de los espectadores.
Volvieron a las tiendas hacia las 12.30, cuando ya todos
estábamos acostados, pero no dormidos, y Jose Manuel se encargó
de despabilarnos a todos para contar lo ocurrido, y entre
bostezos, el campamento se llenó de risas.
La noche no era húmeda como la de Cebreiro, pero sí muy fría. Jose, en su alegría, olvidó cerrar del todo la puerta de su tienda, empeñado en que hacía calor, con lo cual sus compañeros, Eugenio y Gonzalo, no parecían muy de acuerdo. Yo apenas pegué ojo. Me tapaba de pies a cabeza con el saco, pero en cuanto me destapaba un poco sentía el frío. Además me resbalaba continuamente hacia abajo y hacia la derecha, hacia Rocío. Miraba a mi izquierda y veía a Eva dormir como un niño pequeño; miraba a la derecha, y a menudo me encontraba a Rocío con los ojos abiertos, que me preguntaba: "¿Qué hora es?"; ella deseando que fuera pronto para poder dormir más, y yo deseando que llegaran las 6 para levantarme de una vez.
Tras varios vistazos al reloj, a las 2, 4, 5.30 y 6, llegó
el tan esperado pitido del despertador, que me pegó un buen
susto.
Al salir de la tienda comprobé que, aunque aún estaba nublado,
no hacía frío. Desperté a todos y fui con Rocío a lavarme los
dientes mientras todos salían de sus tiendas. Conseguir que todos
se levantaran fue especialmente difícil esta mañana, pero una vez
en pie y desayunados, recogimos todo muy rápido. Parecía que poco
a poco íbamos organizándonos mejor, aunque seguíamos tardando
hora y media en hacerlo. Pepa decidió venir con nosotros también
hoy, lo cual no hizo muy feliz a Pablo.
Cuando fuimos al pueblo a comprar el pan, allí nos dijeron que los domingos no se hacía pan, pero nos vendieron pan del día anterior, que estaba bastante bien. Después hicimos una votación, ya que podíamos seguir dos caminos: uno por la carretera, que era de 22 km, por el cual pasaríamos por Samos, un pueblo con un monasterio muy bonito, o seguir por el camino francés, que iba por la montaña, y por el que debíamos recorrer 19 km. Al final elegimos este último, pues, como decía Julián, había que seguir el antiguo y verdadero camino. En efecto, a veces encontrábamos restos de la calzada de adoquines por la que habían pasado miles de peregrinos siglos antes que nosotros. Tuvimos que subir un par de cuestas difíciles, pero cortas, y el resto del camino estuvo muy bien. Ibamos muy deprisa, y poco a poco se empezó a diferenciar dos grupos que se irían evidenciando más en los siguientes días. Los primeros iban muy rápido, y aunque variaba, en ese grupo siempre iba Lorenzo, marcando el paso el primero de todos. Le solían acompañar Pablo, María Montero Eva, y Mónica entre otros. Jose Manuel también iba con ellos, aunque él mismo me había dicho que estaba agotado. Julián siempre iba a su aire; parecía el más despreocupado. Empezaba con los últimos, pero con su paso rápido iba adelantando a todos hasta unirse a los primeros. Yo, como siempre, en medio de la partida, para que pareciese que la distancia entre los unos y los otros no era tan grande. También a su ritmo iban Rocío y Eugenio, con mucha energía pero sin ninguna prisa, sin importarles ir los últimos con Pepa y con Gonzalo, incómodo por las ampollas, aunque iban mejorando poco a poco.
Y después había un pequeño grupito, que no importaba dónde
estuviese ni quién lo formase, María Fernández, Esperanza, Eva,
y, en fin, casi todas las chicas -hasta yo de vez en cuando-,
cantando sin cesar canciones infantiles, castizas, populares,
típicas de campamentos, e incluso recuerdo una sobre los gallegos
que espero no escuchase nadie de la zona. Una de las canciones
peferidas por nuestro grupo trataba sobre unos pequeños y
viscosos animalitos negros que encontramos a menudo en el camino.
La canción decía así:
Una babosa guarra y asquerosa,
la piso o no la piso.
¡Uy, la pisé!
Pobre babosa guarra y asquerosa,
no era venenosa.
El caso es que, a pesar de lo que algunos opinaran, el viaje
era mucho más animado, tanto para nosotros como para los
peregrinos con los que nos encontrábamos por el camino, con los
cuales nos cruzábamos continuamente, primero nosotros a ellos y
luego ellos a nosotros, siempre diciendo al despedirnos:
-Hasta luego... Ya os alcanzaremos... Esperadnos... Buen
viaje.
Apenas paramos durante la marcha, y todos aquellos con
problemas de ampollas decían estar bastante mejor, aunque
Esperanza cojeaba pues le dolía el tendón del pie izquierdo.
Tardamos poco más de 4 horas, de modo que a la 1 del
mediodía ya estábamos en la entrada del pueblo de Sarria, que,
comparado con los pueblos que habíamos visto últimamente parecía
una ciudad. Llegamos hasta la zona de acampada, que era un lugar
bastante grande y con una organización diferente a los otros
lugares. El albergue y campamento de peregrinos de este pueblo
no lo dirigía la parroquia, sino la guardia civil.
Esperábamos la visita de mi padre y del padre de Pablo y
Eugenio, que venían en coche desde León, y que, según nos habían
dicho, nos invitarían a cenar. Pablo no estaba en el campamento
cuando llegamos, por lo que nos imaginamos que habría ido a
buscarlos, o que estaría con ellos en un bar, haciendo tiempo
hasta que nosotros llegáramos. De modo que nos sentamos sobre la
hierba junto a la oficina de peregrinos, que estaba a la entrada
del campamento, y nos pusimos a comer allí mientras les
esperábamos.
Llevábamos bastante rato sentados cuando aparecieron los tres. Nos dijeron que acababan de llegar al pueblo después de un viaje de más de 3 horas. Tras saludos y presentaciones, Arsenio y mi padre decidieron irse a comer a algún restaurante, para dejar que nosotros termináramos nuestra comida e instaláramos las tiendas.
Pablo Huergo me dijo luego que, al ver a mi padre, éste le
había dicho:
-¿Tienes alguna aspirina? Porque con la ilusión que me ha
hecho verte a ti, cuando vea a María me va a dar un ataque.
La zona de acampada era enorme, y no estaba fuera del
pueblo, como había estado los otros días. Había varias tiendas
del ejército a un lado. El resto estaba vacío para poner nuestras
tiendas, dejando un espacio libre para pasar los coches. Tras
este campo, Había una cancha de tenis y de baloncesto, separados
de nosotros por una verja. y aún más lejos una casa que parecía
una casa de muñecas gigante.
Por otro lado, el campamento quedaba separado del pueblo por un
río, el cual podíamos cruzar por un puente que había muy cerca
de nosotros. En la otra orilla del río había un parque con una
fuente donde podíamos llenar las cantimploras, y al lado, un
edificio con un bar en el piso de arriba y servicios en el piso
de abajo que no estaban en muy buen estado.
Instalamos las tiendas y nos sentamos a descansar, ya que
hacía un tiempo estupendo y el sol calentaba al mediodía. Yo
aproveché para escribir sobre los sucesos de estos días, pues era
difícil recordarlos todos, y mientras unos dormían o leían al
sol, Pablo empezó a tocar la guitarra ya cantar, y pronto
estuvimos todos en círculo cantando. Se nos unieron luego mi
padre y Arsenio, y así pasamos la tarde, cantando y
divirtiéndonos hasta que, al llegar las 6.30, nos dijeron que
debían marcharse. Me hubiera gustado que se quedaran a cenar con
nosotros, pero el viaje de vuelta era muy largo, y debían irse
enseguida. Pablo y yo les acompañamos hasta el coche, y así
aproveché para hablar con mi madre por teléfono, quien se había
quedado con Carmina en Lugueros.
Antes de marcharse, nos dieron a Pablo y a mí las cosas que
nos habían traído de cena, y lo llevamos a mi tienda antes de que
todos pudieran ver lo que era.
A las 7 hicimos una dinámica, con tiempo suficiente para poder ir a misa de 8. Salimos a las 8 menos cuarto del campamento, sin tener idea de por dónde estaba la iglesia. Un grupo de peregrinos nos había invitado esa tarde a asistir a una misa donde iban a participar, pero no teníamos ni idea de dónde estaba la iglesia. Tuvimos suerte y pronto vimos una iglesia, junto a la que además pasaba -según indicaban las flechas pintadas de amarillo en el suelo- el camino de Santiago. La Iglesia de Santa Marina no era muy típica del camino, pero era bonita; dedicada, según había leído, a una mártir gallega. Coincidió con que esta era precisamente la iglesia donde iban a cantar los chicos con los que habíamos hablado en el campamento, que además resultaron ser de Madrid.
Tras la misa volvimos a las tiendas, donde seguían haciendo el vago los que no nos habían acompañado, y entramos en nuestra tiendas Rocío y yo para preparar la cena, intentando evitar que todos entraran, atraídos como osos a la miel; y no es de extrañar, pues cuatro pollos asados, dos empanadas -de carne y de atún© cinco tortillas de patata y una bandeja de pasteles, era algo irresistible.
Solo consiguió colarse Eugenio, al que al fin Rocío dejó para que le ayudase a partir el pollo. Y menos mal que nadie vio cómo lo partíamos. Parecía que estábamos descuartizando el pollo más que partiéndolo. Pero era imposible partirlo bien y al final nos contentamos con quitarle los trozos que claramente no eran comestibles y partirlo en trozos que se pudieran coger con las manos. Partimos las empanadas y dividimos cada tortilla en cuatro partes, y avisamos a todos para que prepararan sus platos y se colocaran en círculo.
Cuando salimos de la tienda, creo que todo el campamento se nos quedo mirando al ver la cacerola llena de pollo y el resto de la estupenda comida. La cena fue estupenda, nos reímos y comimos como unos muertos de hambre. Teníamos un grupo muy numeroso de ciclistas al lado, cuyo coche de apoyo era un autobús. Como vimos que nos iba a sobrar comida, les ofrecimos pollo y empanada. Ellos, a cambio, nos ofrecieron la ensalada que les había sobrado.
Estábamos acabando cuando se nos acercó un hombre muy simpático
que nos dijo había visto bailar a María y a Eva la noche anterior
-y no sería el único que nos dijera haberlas visto-. Le ofrecimos
comida, pero, aunque nos lo agradeció, no quiso nada.
Cuando sacamos los pasteles, en el momento en que dejábamos
la bandeja sobre la hierba, Pablo dijo:
-Comed primero los de crema por si sobran, no se vayan a
estropear. No sé si alguien le hizo caso, pero no hizo falta. A los
diez minutos no quedaba un sólo pastel en la bandeja. Al final
lo único que sobró fueron quince trozos de empanada, justo para
cada uno para la comida de mañana. No sé dónde echaría Julián
tanta comida, porque devoraba como nadie. Claro que el resto de
los chicos tampoco se quedaban cortos.
El hombre que habíamos conocido antes volvió a visitarnos,
y estuvo un rato hablando con nosotros. Nos dijo que lo
importante de esta experiencia no era llegar a Santiago, sino
conocer y relacionarse la gente. Y yo estaba de acuerdo con él;
porque durante todo el viaje, lo que más me alegraba y divertía
era hablar con los otros peregrinos, y saludar a todo aquel con
el que me cruzara, y no con un saludo de cumplido, sino con una
sonrisa que dijera:
-Hola, hace un día estupendo, ¿verdad?. ¡Qué bien me lo
estoy pasando! Que también usted tenga un buen viaje.
Al fin nos fuimos a dormir. No todos, algunos que no tenían sueño fueron a un bar que había cerca, donde estuvieron hasta las 12.30, pero cuando volvieron yo ya estaba dormida.