Peregrinación a Santiago de Compostela - Agosto de 1993


por María Olmedo, 1993
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Capítulo 2

 

5 de Agosto: Toral - Trabadelo
"La primera etapa"

Rocío era la encargada de despertarnos a todos a las 6.30 de la mañana, por lo que se había llevado despertador para no quedarse dormida. Como a mí me gusta mucho madrugar, le había dicho que, aprovechando que dormíamos en la misma tienda, me avisara en cuanto sonase el despertador y la ayudaría a despertar a los demás. Esta mañana, sin embargo, como no había dormido, no tuve necesidad de despertadores, y, como me ocurre siempre que paso una noche en vela, vi feliz llegar la hora de levantarse para poder salir al fin de la tienda. Me ofrecí a despertar a los que estaban dormidos, que eran todos excepto Rocío y Eva, quien, por dormir en nuestra misma tienda, ya se había despertado. Esa tarea de obligar a aquel grupo de dormilones a levantarse, me encantaba. Me dejaba ese gustillo en la boca de venganza ejecutada, de travesura que sabes no van a castigar... una felicidad casi morbosa -dirían algunos-, al ver las caras y oír los comentarios de esos que otro día de sus vacaciones se quedarían durmiendo hasta el mediodía. Y con una voz como de ultratumba se oía decir a Gonzalo dentro de su tienda: "Hay que replantearse la situación", para volver a dormirse al momento siguiente. El más rápido de los chicos era siempre Julián, quien solía salir de la tienda aún antes de que empezáramos a despertar a la gente. Como dice Rocío, ¡lo bueno escasea!

Mientras todos se despabilaban, Rocío fue al coche, aparcado muy cerca de las tiendas, para sacar todo lo del desayuno: la leche -cuatro litros que calentábamos en un camping-gas-, el Cola Cao y los sobrecitos de Nescafé y azúcar, además de las galletas que nos tocaban hoy. Ni siquiera el vaso de leche caliente consiguió despertar a varios, que, de pie alrededor de la cacerola de la leche, parecían zombis moviéndose más por inercia que por voluntad propia.

Una vez desayunados, había que preparar la comida y meterla en las bolsas; una ensalada, un bocadillo de salchichón, algo de fruta... la bolsita de frutos secos y el limón con el terrón de azúcar, y ya estaba todo. Yo quería ayudar a preparar las bolsas de la comida, pero continuamente tenía que ir a donde estaban las tiendas, para ayudar a recogerlas. Llevábamos cinco tiendas, una normal, de forma rectangular, y cuatro de tipo iglú. Yo había montado y desmontado varias veces tiendas de este tipo, por lo que sabía bien cómo se debían recoger, pero los demás al principio no se aclaraban -algunos, como Jose Manuel, Gonzalo y Eugenio, parecía que no se aclararían ni hoy ni nunca-.

Con la rapidez que nos caracteriza, recogimos, desayunamos, lavamos los vasos en el río, guardamos bolsas, sacos y tiendas en el coche, llenamos las cantimploras y estuvimos listos para salir en unas dos horas... en fin, una vergüenza. Pepa decidió hacer esta etapa del camino andando con los demás, en vez de hacerla en el coche con Pablo. De todas formas la etapa era corta -18 km-, y Pablo podía estudiar mientras nos esperaba.

El pueblo de Toral de los Vados no pertenecía al camino de Santiago. Debíamos andar unos 8 km hasta Villafranca del Bierzo para, desde allí, seguir ya por el camino. El problema es que no había una senda clara para ir de un pueblo a otro, y lo que iban a ser 8 km se convirtieron en unos 10, o tal vez más. Pero encontramos un buen atajo: las vías muertas del tren que llegaban hasta la estación de Villafranca, por las cuales hicimos la mitad del trayecto. El día era caluroso, pero soportable, y todos íbamos bien, aunque era bastante incómodo caminar sobre la piedrecillas sueltas y los tablones que sujetaban los carriles, por lo que paramos a descansar un par de veces, para beber y tomar algunos frutos secos.

Desde el primer momento en que se entraba en Villafranca se notaba que ya estábamos en el camino jacobeo: Unas instalaciones con tiendas de campaña y servicios para los peregrinos a la entrada del pueblo; carteles, dibujos, y varios grupos de peregrinos, andando o en bicicleta, quienes, como nosotros, se dirigían a la iglesia del pueblo. Allí encontramos también a Pablo, que nos esperaba con el coche.

La iglesia de Santiago del pueblo de Villafranca del Bierzo, una pequeña construcción románicadel siglo XII, es famosa sobre todo por su "Puerta del Perdón", en la cual, aquellos que no pueden seguir el camino hasta Santiago, por una buena razón, ganan las mismas indulgencias que les serían concedidas en Compostela. Junto a la iglesia había un albergue donde sacamos nuestras Credenciales de Peregrinos. Estas consistían en unos librillos en los que escribíamos nuestros nombres, y donde indicábamos el pueblo de donde partíamos. A continuación había mucho sitio en blanco para que en cada pueblo por el que pasáramos, o al menos en donde durmiéramos, nos pusieran unos sellos que, una vez en Santiago de Compostela, fueran prueba de que habíamos hecho al menos 100 km andando antes de llegar a la ciudad santa, con lo cual obtendríamos nuestro diploma de peregrinos.

Tras arreglar lo de las credenciales y visitar la iglesia, bajamos al río, donde algunas personas se estaban bañando. Allí decidimos comer, poner los pies en remojo dentro del agua helada, y hubo también algún loco que se bañó. Así, a lo tonto, pasamos más de tres horas en este pueblo, y debíamos ponernos de nuevo en marcha cuanto antes. Llenamos las cantimploras de agua y siguiendo los carteles, nos dirigimos al camino, que seguía por la carretera nacional, recién asfaltada, lo cual significaba un asfalto negro y caliente que parecía evaporarse con el calor de la tarde. Y caminamos por la carretera, entre las montañas, junto a árboles que no nos daban ninguna sombra, cada vez con más calor y sed. Si no hubiera sido por el calor, habría resultado muy divertido caminar por la carretera, ya que muchos conductores nos saludaban y daban ánimo, especialmente los camioneros. Por nuestra parte, cada vez que pasaban 'peregrinos' en bicicleta, les cantábamos el himno de 'Indurain'. El calor y la sed se hacían cada vez más insoportables; yo ni siquiera podía abrir la boca para hablar, y me concentraba en las conversaciones de los que caminaban a mi lado para intentar distraerme. Paramos un par de veces, y algunos aprovecharon para ir hasta el río, que discurría junto a la carretera, para refrescarse. Otros empezaban a sentir ya la molestia de ampollas en sus pies. No sabíamos exactamente cuánto nos quedaba de camino, ya que según la guía que Pablo llevaba consigo faltaban 5 km, y según la de Eugenio, sólo 3. Yo preferí escoger la opinión de Eugenio, aunque todos nos preparábamos para seguir andando durante una hora más. Con mis últimas fuerzas, pude sacar el limón de mi mochila, lo partí por la mitad y, colocando un azucarillo sobre él, empecé a chuparlo como si fuera un helado. Yo no esperaba que me sirviera de mucho, pero el caso es que al momento había olvidado prácticamente la sed y me encontraba con nuevas energías para seguir marchando.

Cuando volvíamos a notar el cansancio, un par de kilómetros después, vimos un cartel a lo lejos: "TRABADELO...", desde lejos no podíamos ver el número que indicaba la distancia que quedaba hasta el pueblo: ¿3..4..2..1? ¡1! Apenas podía creermelo, y con las pocas fuerzas que guardaba, salté gritando de felicidad: -¡1, 1, sólo 1 km!

Salimos de la carretera a una vereda rodeada por frondosos árboles que nos llevó al pueblo. No llegamos a entrar en él, pues a un lado del camino encontramos el coche de Pablo, aparcado junto a una explanada entre los árboles cerca de un río. Este era, nos dijo Pablo, un buen sitio para acampar, de modo que dejamos todas nuestras cosas tiradas en el primer sitio que encontramos.

El resto de la tarde la teníamos para descansar, de modo que cada cual se puso a hacer lo que quería. Unos cuantos fueron al pueblo para llenar las cantimploras en una fuente, y a comprar algunas bebidas. Otros fueron a bañarse al río, y los demás nos quedamos en el llano, tumbados en la hierba con los pies en palanganas con agua y saltratos, leyendo, tocando la guitarra, u observando los árboles que nos rodeaban, de cuyas ramas colgaban calcetines y ropa secándose. Así estuvimos hasta la hora de la cena. Había que sacar todo lo necesario del coche, y como Rocío sabía bien lo que tocaba hoy y cómo había que hacer la cena, no nos hizo caso cuando le dijimos que nos permitiera a nosotros hacerla. De todos modos conseguí que me dejara ayudarla, y así preparamos una estupenda cena de albóndigas con puré y, de postre, melocotón en almíbar. Preparar la cena no era complicado; el problema estaba en recogerlo todo, ya que cada uno tenía un plato que lavar, y además estaban las cacerolas e instrumentos de cocina usados para calentar la comida. Entre un gran desorden, acabamos lavando los platos en la acequia que pasaba junto al campamento, donde por la tarde habíamos lavado algo de ropa. Estaba oscureciendo, de modo que tuvimos que darnos prisa.

Hacia las 9 de la noche Eva nos dijo que había que empezar a hacer alguna de las dinámicas que había preparado para el viaje; al principio nadie tenía demasiadas ganas de hacerla, por lo que Eva escogió una entretenida para que no nos resultase aburrido: "Ligero de equipaje",en la cual debíamos decidir qué cosas son realmente imprescindibles para nosotros. Estuvimos allí sentados hablando alrededor de una lámpara de gas hasta las 11.30, hora en la que decidimos que era demasiado tarde y nos fuimos a dormir. Parecía que los mismos del día anterior iban a pasarse otra noche más hablando, pero al fin se hizo el silencio, y pronto me quedé dormida escuchando la constante música de los grillos.

 

6 de Agosto: Trabadelo - Cebreiro
"Una subida terrible"

Tras pasar una buena noche, a las 6.30 nos levantamos todos con energías para empezar un nuevo día de camino. La etapa de hoy, según me habían dicho, era la más difícil, pues debíamos marchar 21 km hasta Cebreiro, que se encontraba en lo alto de una montaña a unos 2000 metros de altura.

Con una mejor organización que el día anterior, conseguimos ponernos en marcha a las ocho. Cruzamos el pueblo de Trabadelo y de nuevo volvimos a la carretera, aunque pronto salimos de ella para coger un camino más estrecho. Esta primera parte del trayecto la hicimos muy bien; andábamos rápido, a una media de 4 km/h, que era bastante cargando con nuestras mochilas. Y tras 8 kilómetros de marcha nos encontramos en la ladera de la montaña sobre la que se encontraba el puerto de Piedrafita. -Pero no vamos a pasar por este puerto -me dijo Eva-, sino por la montaña que hay al lado.

Desde que empezamos la subida, me di cuenta de lo terrible que iba a resultar. El primer tramo del camino era de asfalto, y ya por él encontramos ciclistas que tenían dificultades para subir, especialmente aquellos que iban cargando con mochilas. Pero pronto el camino de bicicletas y el de caminantes se separó, y nos vimos andando por un camino de tierra y piedras, a veces bajo la sombra de los árboles, y otras veces sin protección del sol que ya a las 10.30 calentaba con bastante fuerza. Pronto se vio quiénes estaban preparados y entrenados para subir montañas: aquellos que habían practicado con subidas por montes como los Picos de Europa, con campamentos, o sencillamente, con mucha fuerza y resistencia. Y, aunque al principio intentábamos ir todos juntos, llegó un momento en que aquellos que podían, se adelantaron hasta perderse de vista: Rocío, Eugenio, Julián, María Fernández y Jose Manuel desaparecieron pronto camino arriba. Eva también aguantaba muy bien, pero iba ayudando a Mónica, quien parecía tener grandes problemas respiratorios y de resistencia. Un peregrino con que se cruzaron se ofreció a ayudarlas, de modo que entre Eva y ese chico cogieron a Mónica de la mano y la ayudaron a subir. Peor aún parecía ir Gonzalo, quien, aparte del cansancio, tenía problemas con los pies por culpa de las ampollas. El iba de los últimos, con Pablo Cerezo, Lorenzo y con María Montero, e iban despacio, descansando a cada rato. De los retrasados, Esperanza era de los que mejor iban, pero caminaba despacio y, cuando me encontró, que iba, como siempre, a medio camino entre los adelantados y los retrasados, se quedó conmigo, pues yo también tenía muchos problemas para avanzar. Estoy muy acostumbrada a dar paseos de varios kilómetros, especialmente por la playa o cerca de mi casa, donde todo es llano; y aguanto mucho. Pero nunca había tenido que subir andando un monte tan alto -de hecho, mi vértigo me había impedido a menudo subir a sitios bastante más bajos que esta montaña-, y mi cuerpo lo notaba. Aparte de la dificultad para respirar, que cada vez era peor, sentía el corazón latir más y más rápido, hasta que parecía que iba a explotar en cualquier momento. Esto, sumado al terrible calor del mediodía, me obligaban a detenerme cada poco rato de camino. Sabía que, como todos decían, era peor parar pues luego era más difícil recuperar el ritmo de la marcha. Sin embargo, mi problema no era el ritmo, ni los pies; yo no sentía ni las piernas, ni la carga de la mochila, únicamente percibía el insistente martillear del corazón en mis oídos, y sabía que lo que necesitaba era descansar hasta acostumbrarme a la altura. Así, parando cada poco rato, y gracias a la compañía de Esperanza, tuve aún fuerzas para llegar a un pueblo donde dije que ya no avanzaba más. Los demás estaban de acuerdo; eran más de la una de la tarde, y tal vez los rápidos hubieran llegado ya a Cebreiro. Todos estábamos cansados y necesitábamos reponer energías, de modo que, tras rellenar las cantimploras en una fuente, saltamos una valla de piedra que separaba el camino del campo, y allí nos pusimos a comer. Los peregrinos que no nos habían adelantado antes, lo hicieron entonces; pero no nos importaba mientras ahora pudiéramos descansar y nuestro destino siguiese allí cuando llegáramos a lo alto del monte, fuera a las 4 de la tarde o a las 12 de la noche. Sabíamos que desde este pueblecito nos quedaba por recorrer unos 4 ó 5 km, que, en nuestra situación podía significar fácilmente dos horas más. No recuerdo bien lo que comimos, sólo la lata de sardinas, con tomate o en aceite, que a mí me sentó muy bien, pero que Pablo apenas pudo probar pues un perro se comió sus sardinas. Tras comer, algunos se tumbaron a descansar. Yo, sin embargo, no quise esperar. Mi corazón se había calmado y me encontraba muy bien, y excepto por un poco de agujetas en una pierna, tenía bastantes fuerzas para seguir. Decidí adelantarme, pensando que, en el caso de que, como antes, tuviera necesidad de pararme a menudo a descansar, ellos me irían alcanzando, pero yo no les retrasaría. Me fui sin que casi ninguno se diese cuenta, pues parecían estar demasiado cansados para prestarme atención; cogí mi mochila y me puse de nuevo en camino.

Tras un rato de camino me di cuenta de que posiblemente no tendría necesidad de parar, pues, ya acostumbrada a la altura, me veía con muchas energías y, aunque estaba cansada, sabía que podría resistir bien hasta llegar arriba de la montaña. Aunque ahora andaba bastante rápido, sentía que el camino no iba a terminar nunca; caminando por una estrecha vereda rodeada de helechos, sin un sólo árbol cerca, y sin otro pueblo ni casa a la vista. Oí el ruido de una moto a lo lejos, y mi mente buscaba un montón de excusas para pedir a su conductor, cuando pasase junto a mí, que me llevase, aunque sabía que al final no le diría nada.

Llevaba ya un buen tramo recorrido, cuando, al estar llegando a una curva que me ocultaba el resto de camino, vi aparecer por la curva a Pepa, seguida de Pablo. Les alcancé, casi corriendo. -Angeles, de verdad; cuando os he visto me habéis parecido ángeles, con alas y todo. Me dijeron que los que iban delante ya habían llegado a Cebreiro, y me indicaron cómo llegar hasta donde estaban descansando. Yo les dije dónde había dejado a los otros, que ya debían haberse puesto en camino. -Nosotros hemos tardado un cuarto de hora en llegar hasta aquí -me dijo Pablo cuando le pregunté cuánto me quedaba de camino-, de modo que tú tardarás unos veinte minutos. Tras cogerme la mochila, Pablo y Pepa me dejaron para ir a ayudar a los rezagados, y yo seguí por la vereda camino arriba, con tal rapidez que no tardé más de un cuarto de hora en llegar. Cuando ya me faltaba poco, encontré un peregrino que caminaba muy despacio, cojeando y apoyándose en su bastón. Por un momento pensé en ayudarle, pero me di cuenta de que, a pesar de las energías que sentía en este momento, si hubiera tratado de ayudarle, a los pocos minutos habríamos acabado los dos muertos de cansancio.

Cuando llegué a la primera casa del pueblo, apenas podía creerlo. A la entrada había una zona de camping, por donde estuve buscando a los chicos. Como no les encontraba, decidí bajar por la carretera a la que salía el camino y que seguía bordeando la montaña. Pero enseguida encontré otra entrada al pueblo, junto a la iglesia y al hostal, donde estaba aparcado el coche de Pablo. Y cerca de él, tumbados de cualquier manera sobre los aislantes, en el suelo o en la barandilla de piedra que separaba el pueblo de la carretera, mis amigos. Parecían todos dormidos, y no se percataron de mi presencia, de modo que me senté a su lado sin hacer ruido, observando mi alrededor y recordando lo que sabía sobre este lugar. Junto a nosotros había una palloza, una típica casa celta de planta oval y de techo cónico cubierto de paja, que hoy parecía ser usada como granero.

En cuanto a la iglesia, sabía que era famosa por el "Milagro Eucarístico del Cebrero, acontecido hacía mucho tiempo: Un campesino de otro pueblo subió a Cebreiro en un día de gran tempestad sólo para oír misa. Celebraba la eucaristía un cura de poca fe, quien despreció el sacrificio del campesino. Pero, llegado el momento de la consagración, la hostia se convirtió en carne y el vino en sangre, visibles. El cáliz del milagro (del siglo XII) y el relicario se conservan hoy en la iglesia, donde son expuestos a los fieles. El famoso compositor Wagner encontró en esta narración de los peregrinos tema para su "Parsifal".

Interrumpí mis pensamientos al ver a Julián que se despertaba con un gran susto al moverse sobre la baranda de piedra donde descansaba hacia el lado de la carretera, de la cual estaba a metro y medio de altura. Le saludé y, poco a poco, los demás se fueron despertando y dando cuenta de mi presencia. Me dijeron que a la una se habían detenido a esperarnos, pero que como no aparecíamos habían seguido subiendo, y ya habían comido. Media hora más tarde llegaron los demás, acompañados por Pablo y Pepa.

El hostal contaba con unos servicios casi decentes, y una máquina de refrescos que nos vino muy bien. Estaba junto a la zona de acampada, una gran explanada de terreno donde mucha gente estaba instalando ya sus tiendas, por lo que nosotros decidimos hacer lo mismo. Después, algunos fuimos a un albergue que nos habían dicho estaba al otro lado del pueblo. Según yo había leído en una guía, el pueblo de Cebreiro era muy pequeño, insignificante; y me llevé una gran sorpresa cuando lo recorrí. No estaba formado por viejas casas de piedras superpuestas sin cemento, como todos los pueblos que había visto durante el camino; las casas, así como las calles, eran de grandes piedras unidas con cemento. Las calles se veían limpias -sin rastro del paso de las vacas- y en bastante buen estado. Y había mucha gente, aunque la mayoría eran peregrinos.

A la salida del pueblo, sobre una pequeña colina, estaba el albergue, con un lavadero de ropa y duchas; el problema es que había mucha gente haciendo cola para poder entrar, y Julián, María Montero y yo tuvimos que esperar más de media hora hasta que nos dejaron una pila para lavar la ropa. Tuvimos que frotar poco con el jabón que llevábamos antes de que empezara a salir la suciedad de nuestra ropa, aunque no logramos dejarla impecable, nos quedó bastante decente. Había un tendedero junto a las pilas, pero estaba lleno de ropa y no podíamos dejar la ropa tan lejos del campamento. Estábamos terminando cuando María, que había terminado la primera, nos dijo a Julián y a mí que los demás se estaban duchando, de modo que recogí la ropa limpia y volví al campamento a por la toalla. Las duchas estaban bastante bien, aunque algunos no opinaban lo mismo. Es cierto que el suelo estaba muy sucio, pero después de todo lo que habíamos pasado y de un par de días sin ducharnos, tras largas caminatas por caminos de tierra, cualquier cosa sirve, y, del mismo modo que nos empezábamos a acostumbrar a los servicios más sucios que pudiéramos encontrar por el camino, nos acostumbraríamos también a ducharnos en los peores sitios. El mayor problema estaba en el agua fría, que algunos no aguantaban, pero como yo estaba acostumbrada a las duchas frías en verano, no tuve grandes problemas.

Con todo bien instalado, la ropa secándose extendida sobre las tiendas de campaña y todos aseados, decidimos hacer alguna dinámica. Hicimos dos: una sobre la libertad, titulada "Nos la jugamos a las cartas", y la otra, el clásico "Amigo invisible"; se repartieron los papelitos con los nombres un par de veces, ya que la primera uno de los papeles se extravió. No debíamos decir en todo el viaje, a no ser que lo averiguara la persona interesada, quién era nuestro amigo invisible. Yo guardé el secreto -sólo lo sabía Eva- durante y tras la peregrinación. Ahora, sólo diré que mi amigo es, según diría yo misma días más tarde, como un "ratoncito de campo muy simpático".

La cena consistió en sopa de pollo y ternera con menestra, acompañada con una botella de vino que habían comprado. Claro que yo hubiera preferido una botella de Coca Cola, el vino no me gusta. Cenamos muy bien, y después yo me ofrecí a lavar varios platos y los cacharros grandes en una pila que había junto al hostal. Otros me acompañaron para lavar sus cosas, llevando una lámpara de gas para iluminarnos. Cuando volvimos a las tiendas era ya muy tarde; miré que no quedara nada tirado fuera de las tiendas que se pudiera perder; la ropa tendida ya la había recogido hacía rato, y nos fuimos a dormir. Cuando iba a meterme en la tienda vi que por el este se iban acercando nubes hacia nosotros, pero no le di importancia.