No recuerdo exactamente cuándo ni a quién se le ocurrió la idea; pero el caso es que en mi grupo de 'Confirmación' surgió la idea de hacer una excursión en este verano de 1993, tal vez una acampada en Lugueros, un pueblo de León, o tal vez a Santiago de Compostela. Finalmente nos pareció mejor la idea de la peregrinación, ya que este año coincidía con el Año Santo Compostelano. Al principio lo veíamos como una idea algo difícil de llevar a cabo y algo bastante lejano en el tiempo para preocuparse demasiado de los preparativos; y cuando quisimos darnos cuenta, el tiempo se nos echaba encima y el proyecto se iba convirtiendo en una realidad. En Marzo parecía que nos sobraba tiempo para prepararnos, y es que no nos dábamos cuenta de todas las cosas que había que hacer para organizar ese viaje a pie. Había que decidir el lugar de salida ©casi ninguno de nosotros habría aguantado el viaje desde Roncesvalles y no estábamos demasiado en forma©; las etapas, horas y kilómetros de marcha para cada día; enterarse de las instalaciones con las que contaba cada pueblo para que pudiéramos dormir en él, campings o albergues, panaderías... También debíamos encargarnos de conseguir todo lo que necesitaríamos durante el viaje: Tiendas de campaña, hornillos de gas, documentos imprescindibles, y, sobre todo, la comida. Y el dinero para el fondo común, destinado a comprar los billetes, la comida, y pagar lo que hiciera falta durante el camino. Por las cuentas que se hicieron en un principio, llegaron a la conclusión de que cada uno debería poner 21.000 pesetas, aunque al final veríamos que nos sobraría dinero.
Los principales encargados de prepararlo todo fueron Eugenio, Rocío y Eva. Mientras tanto, íbamos buscando personas que quisieran apuntarse a la peregrinación, ya que al principio éramos muy pocos. Así, poco a poco, el grupo se fue completando; Amigos de amigos que se apuntaron, otros que se echaron atrás... finalmente el número llegó a quince, incluyendo los que debían conducir el coche de apoyo, quienes llevarían las tiendas, la comida, sacos y algunas bolsas de ropa, y se encargarían de buscarnos alojamiento y comprar el pan. Algunos de los que se apuntaron los conocimos poco antes de empezar el viaje, y hubo otros a quienes conoceríamos hasta vernos en la estación de tren de Madrid. Incluso hubo quien no se apuntó hasta el día anterior.
Habíamos pensado hacer varias excursiones para entrenarnos, pero al final sólo hicimos dos: un día de caminata por la Pedriza, antes de Semana Santa; y, al llegar el verano, tres días de acampada, también en la Pedriza; aunque esta vez no anduvimos prácticamente nada, nos limitamos a hacer el vago durante esos días. Eso sí, la experiencia nos sirvió para comprobar el estado de algunas de las tiendas de campaña, aprender a llevar lo imprescindible en la mochila y, sobre todo, llevar una buena organización por si ocurriese algo o nos extraviáramos.
Uno de los mayores problemas fue encontrar una fecha para la peregrinación que a todos les viniera bien. Junio era imposible, demasiado pronto para todos nosotros. Julio también venía mal a mucha gente: saber las notas de la universidad, demasiada gente en Santiago para la festividad de Santiago, el 24 de ese mes, y en Septiembre estaban los exámenes de recuperación y comenzar de nuevo a estudiar. Agosto también tenía sus inconvenientes, otros planes con la familia, el calor, y estudiar lo exámenes de Septiembre; sin embargo, era el mejor mes, así que finalmente fijamos el viaje para la primera quincena de este mes, donde todos agradeceríamos dejar el caluroso Madrid para ir a la fresca Galicia © o, al menos, eso era lo que yo pensaba©. Una vez decidido, sólo quedaba comprar los billetes de ida y vuelta.
En Julio muchos de nosotros nos marchamos más o menos tiempo de viaje, por lo que los pocos que quedaron aquí tuvieron que encargarse de los últimos preparativos. Yo volví de Valencia en la última semana de Julio; Eugenio, Rocío y Eva, los principales organizadores, me explicaron las decisiones finales de la peregrinación y con ellos fui a comprar la comida.
Las etapas de camino eran de una media de 20 km diarios, lo cual no parecía mucho teniendo en cuenta que la velocidad media de una persona andando es de 3 ó 4 Km/h. La etapa más corta era de 15 km, y la más larga de 26. Pero teníamos algunas etapas difíciles; la peor, la subida a Piedrafita, suponía subir a un puerto de montaña que se encontraba ©según me dijeron© a 2000 metros de altura. Saldríamos el día 4 de Madrid para ir en tren hasta León, y de ahí cogeríamos un tren de cercanías que nos llevase a Toral de los Vados ©León©, nuestro punto de partida, desde donde seguiríamos por el camino jacobeo francés. Al día siguiente comenzaríamos la marcha muy temprano, tras preparar en una bolsa la comida de cada uno; mientras, el coche de apoyo, llevado por Pablo Huergo ©el hermano de Eugenio© y su novia Pepa, se nos adelantaría hasta el pueblo al que tuviéramos que llegar nosotros. Su misión era comprar el pan, si es que nosotros no podíamos, y la comida que necesitáramos ©sobre todo fruta©, y encontrarnos un albergue o un lugar donde acampar. Así pasaríamos los días, comiendo por el camino si se nos hacía tarde, y al llegar a nuestro destino, pondríamos las tiendas, nos instalaríamos, nos ducharíamos, si es que encontrábamos duchas allí ©cosa que dudábamos© y descansaríamos, poniendo los pies en remojo de agua con sal, o yendo a visitar el pueblo; y así pasaríamos las tardes hasta el momento de la dinámica, unas actividades que Eva preparó y recopiló en un cuadernito con las que aprender a conocernos mejor a nosotros mismos, a los demás del grupo o a Dios, Porque, ante todo, no debíamos olvidar que lo que íbamos a hacer era algo más que una simple excursión. A continuación cenaríamos, recogeríamos entre todos y nos iríamos a dormir lo más pronto posible. Y, por supuesto, todas las tardes y noches, un ratito de guitarra y canciones sin las que no podríamos pasarnos. En fin, tras nueve días de camino, en los que recorreríamos ©me dijeron© 170 km, llegaríamos por fin a Santiago de Compostela, donde nos quedaríamos hasta el día siguiente, 14 de Agosto, por la noche. En el tiempo que estuviéramos allí visitaríamos toda la ciudad, pero, principalmente, la Catedral de Santiago, donde asistiríamos a la Misa del Peregrino, donde podríamos ver el famoso lanzamiento del Botafumeiro, recibir el diploma de Peregrino ©concedido a quienes recorren hasta Santiago, en bicicleta, a caballo o andando, al menos 100 km©, y, si cumplíamos allí con todos los formulismos y requisitos, podríamos obtener el Jubileo, y ver nuestros pecados hasta ahora cometidos perdonados.
De la organización general se había encargado Eugenio, y Eva, aparte de preparar las dinámicas, se enteró de los papeles que era necesario levar: Una carta de presentación de nuestra parroquia; una autorización de los padres de aquellos que fueran menores de edad, y los papeles que cada uno debía llevar de la seguridad social por si nos ocurría algo. Rocío, por su parte, era la encargada de la cocina. Fue ella quien revisó listas de precios para decidir qué comida comprar, la que organizó el menú de cada día, con su respectivo desayuno, comida y cena, y se encargó de ver los útiles de cocina que serían necesarios. El menú general de cada día consistía en un desayuno a base de leche con Cola Cao o Nescafé, acompañado con galletas o bizcochos, según el día; para la comida se prepararía una bolsa con una lata, de pescado -atún, sardinas-, carne o ensalada; un bocadillo para rellenar con paté, fiambre, queso o lo que viniera en la lata, y alguna gruta de postre. Además de esto, en la bolsa habría también un limón y un terrón de azúcar - lo mejor para quitar la sed - y una bolsita de frutos secos, que dan mucha energía para caminar. La cena sería caliente, a base de sobres de sopa, puré, o latas de albóndigas, raviolli y pollo, entre otras cosas.
Julián y yo ayudábamos a Rocío por las mañanas. Los demás también cooperaban, aunque no puede decirse que demasiado. Eso sí, debido a mi afición por escribir y a que ya había pensado escribir un diario del viaje, yo fui nombrada "cronista oficial".
Como ya he dicho, el grupo final de peregrinos sumaba 15 personas, y aunque la idea había surgido del grupo de la parroquia de Fuente del Fresno, sólo 7 éramos de esta urbanización, el resto vivía en otras zonas de Madrid, y aunque algunos de ellos ya eran viejos amigos, a otros los conocimos con motivo de la peregrinación. Pablo Huergo, acompañado por Pepa, su novia, eran los encargados del coche de apoyo; eran además los mayores del grupo, por lo que Pablo fue nombrado responsable. También Eva, por ser de los mayores de los que iban a pie, y ser una chica seria - o al menos eso parecía -, también fue nombrada responsable del grupo de peregrinos. Eugenio, el hermano de Pablo, y Rocío Guil - su sufrida novia-, eran amigos míos de Fuente, un poco raros, pero muy simpáticos, y serios cuando fuera necesario. Además estaban Jose Manuel Rocha y Gonzalo Martínez, también de mi grupo de amigos, aunque no vivían en la urbanización, Nuestra amiga Ana nos presentó a dos amigas suyas, María Fernández y Esperanza, que querían venir. A ellas las vimos varias veces antes del viaje, por lo que pudimos conocerlas bastante bien. María, como una cabra, aunque con una voz privilegiada, y Esperanza, muy cariñosa. Julián, un amigo de Rocío, también se apuntó, aunque yo no le conocí hasta el mismo día de coger el tren. Mónica, la prima de Eva, se apuntó a la peregrinación junto con dos amigos del colegio, María Montero y Lorenzo, a quienes apenas vimos una vez antes de irnos; estos eran los más pequeños del grupo. Y el día antes de irnos se apuntó Pablo Cerezo, guitarrista del coro de Fuente, del que muchos de nosotros formábamos parte. El caso es que fue una suerte que sobrara un billete de tren para Pablo, ya que la prima de Julián se había echado atrás cuando ya habíamos comprado el billete de grupo. Y, por supuesto, yo, María Olmedo, la que siempre iba en medio de todo: de los grupos al andar, de los enfados y, entre otras cosas, de las otras dos Marías, con las que tuve grandes problemas de identificación, ya que ninguna de las tres quería ser llamada por otro nombre. En fin, estos éramos todos, un grupo bastante heterogéneo a mi modo de ver, y bastante raros... locos, más bien, todos un poco locos. Lo suficiente como para que esta peregrinación tuviera gran interés.
Arsenio y Carmina, los padres de Pablo y Eugenio, iban a estar en su casa de Lugueros, en León, en Agosto, y habían invitado a mis padres a pasar unos días con ellos. Así, me dijeron, irían a vernos un día de la marcha y nos invitarían a cenar; una cena de verdad, no de latas ni de bocadillos; una cena con la que soñaríamos todos los días desde que empezáramos a caminar. También nos dijo el párroco de la iglesia de Fuente del Fresno, don Jose María, que a lo mejor él también pasaba a saludarnos un día, ya que él en Agosto veraneaba cerca de donde pasábamos nosotros.
Bueno, pues ya estaba todo listo. Los últimos días de Julio no había nada que hacer más que preparar las mochilas, dormir bastante y hacer ejercicio para estar preparados. Y yo, entre paseo y paseo, en bicicleta o andando, me decidí a leer algún libro o guía sobre Santiago para informarme del origen de la Peregrinación y de datos de interés sobre los pueblos que íbamos a encontrar.
El origen de la peregrinación se encuentra en el siglo IX, cuando, siendo Alfonso II el Casto rey de Asturias, se descubrió en Padrón, la antigua ciudad romana Iria Flavia, un sarcófago de mármol con reliquias que se atribuyeron al apóstol Santiago. Esto confirma la tradición que viene de los visigodos según la cual Santiago el Mayor predicó en España y, aunque murió fuera, sus restos fueron trasladados por sus discípulos en una barca que les llevó a Galicia. El Camino de Santiago se convirtió en vehículo de unión del arte y cultura, comercio y progreso, de tantos peregrinos procedentes de toda Europa, Asia y Africa que se encontraron en el camino, sin contar, por supuesto, con la unidad de tan diversos pueblos por comunes principios de fe y amor. El encontrar las reliquias fue providencial para los reyes asturianos en su lucha contra los árabes, y proclamaron a Santiago patrón y defensor de los combates. Por ello el apóstol es representado como peregrino y como "matamoros". Las peregrinaciones cobraron mucha importancia desde el siglo XI, gracias a lo cual entraría el arte Románico en España, que nos dejó manifestaciones en tantas iglesias a lo largo del camino jacobeo y en la misma Catedral de Santiago de Compostela. En el siglo XII apareció la primera guía turística, el "Codex Calistinus" ©atribuido al Papa Calixto II©, que explica las distintas rutas de peregrinación desde Francia. Excavaciones realizadas en este siglo han demostrado que el sepulcro del santo apóstol era el centro de una necrópolis del siglo IV. Compostela se ha convertido, junto con Roma y Jerusalén, en uno de los tres centros de peregrinación de los cristianos, y en su camino se juntan peregrinos procedentes de todos los rincones del mundo. Se dice que 'todos los caminos llevan a Roma'; pero, este año, no sería erróneo decir que todos van a Santiago.
Los intereses que mueven a todos aquellos que se den cita en el camino de Compostela son muy variados: Religiosos, culturales, deportivos, comerciales... ¡Oh, sí! Siempre ha habido aprovechados; ya en la época de las primeras peregrinaciones hubo comerciantes y posaderos dispuestos a atraer y engañar a los peregrinos que pasaran junto a su casa o su negocio. Y ladrones, por supuesto. Claro que la ley daba su protección a los peregrinos, que se identificaban con una vieira colgada de su bastón, de su cuello, o en su sombrero, y para velar por su seguridad aparecieron en el siglo XII los Caballeros de la Orden Militar de Santiago.
Muchos son los que han puesto en duda la autenticidad de las reliquias encontradas, y muchos los que desde hace años se afanan en encontrar fundamentos que no dejen lugar a dudas sobre la verdad del Santo Apóstol en España. Pero en el fondo no importa, no deben importarnos las pruebas. Son los sacrificios hechos en ese largo camino de tierra y piedras, y la fe puesta en ese lugar al final del camino de miles y miles de peregrinos, más que cualquier otra cosa, lo que hacen de Santiago de Compostela un lugar sagrado. Tantas personas de todos los pueblos y de todas las épocas han dejado una pequeña huella en este camino que ningún incrédulo podrá nunca quitarle su importancia.
Y es importante, al ponerse en camino hacia Compostela, recobrar esos valores y ese espíritu que movió a los primeros peregrinos a encontrarse con el Santo Apóstol.
Habíamos quedado todos en la estación de tren de Chamartín a las 10.30, tres cuartos de hora antes de que saliera el tren. Allí estaban también Pablo y Pepa, ya que, aunque ellos no vinieran en tren, debían cargar parte de las cosas que llevábamos nosotros: bolsas, aislantes, sacos... El único que faltaba era Lorenzo, ya que se encontraba veraneando cerca de León y sus padres le iban a llevar en coche a la estación donde nosotros llegaríamos por la tarde. Colocar las cosas en el coche y nos despedimos de los padres que habían venido a despedirse de sus hijos, y, de paso, a ver el tipo de compañía que estos iban a tener durante los siguientes días.
El tren se puso en marcha con una puntualidad sorprendió a muchos (no
olvidemos que estamos en España-. Viajábamos en segunda, todos juntos en
asientos bastante cómodos cuyos respaldos podían moverse para dar la cara a
los amigos; aunque, si dabas la cara a unos, debías dar la espalda a los otros. Lamentablemente, por algún descuido a
la hora de comprar los billetes, estábamos en un vagón de fumadores, pero no
tuvimos demasiados problemas por ello. No sé qué tengo yo, debe ser mi cara,
lo que parece invitar a todo el mundo a meterse conmigo y a hacer gracias
ridículas sobre mí. El caso es que desde el mismo instante en que el tren se
puso en marcha comenzaron las bromas, en particular sobre mis piernas, primero
cuando me levanté en el asiento para alcanzar la mochila que se encontraba en
la repisa sobre la ventana, y después, cuando el revisor, al pasar a nuestro
lado, dijo de una forma bastante galante que mis piernas estaban indebidamente
colocadas sobre el otro asiento.
Aparte de esos pequeños detalles sin importancia, el viaje transcurrió
tranquilo, y cada uno buscó algo para entretenerse, hablar, hacer el ganso...
Aprovechando dos libros que Pablo Cerezo llevaba - uno de arte y otro, una guía
jacobea, algunos aprovechamos para leer algo más sobre el viaje que íbamos a
emprender o sobre el arte románico del camino. Otros optaron sencillamente por
dormir. Prefiero no especificar quién hacía cada cosa, para evitar venganzas
sobre mi persona.
El caso es que tras unas cuantas horas rodeada por este grupo, llegué a la
conclusión de que la única compañía normal que podía encontrar era la de
Rodolfo, un simpático ratoncito amarillo de peluche que José Manuel había
traído como mascota del viaje.
Poco después me di cuenta de que tampoco los empleados del tren estaban muy
bien de la cabeza. Recuerdo que, cuando el revisor pasó a cobrarnos los
billetes, ya pasado Astorga, nos informó que nos faltaban las paradas de
Ponferrada, Villa de Palos y Toral, tras lo cual dijo:
- Y no sé por qué se llamará así, se había antes palos allí o qué...
Tras esta reflexión se marchó, dejándonos a todos con cara de alucinados. La
verdad es que nunca se me había ocurrido preguntármelo pero... ¿Y todos esos
pueblos con nombres como Patones, Salvatierra, Laguna de Negrillos y Mansilla de
las Mulas?
Por supuesto no podían dejarlo por mucho tiempo, y pronto volvieron a
meterse conmigo, diciendo que con un poco de suerte el santo haría un milagro
conmigo.
- Eso sería demasiado difícil - dije yo -, pero un milagro con vosotros sí
sería bueno; aunque... no, me parece que el santo querrá tener lo mínimo que
ver con vosotros; sería demasiado pedir.
Llegó al fin la tanda de chistes, cada cual peor que el anterior, y el que más, el famoso "pobre-seto" de Eugenio, del que ya estábamos todos hartos... ¡increíble! A Pablo le encantó. No sé, tal vez sea por las mil veces que hemos oído los demás este chiste y por la manía que tiene Eugenio de empezar siempre por el final, por lo que le tenemos a dicho chiste esta "injustificada aversión".
Hacia las 6 de la tarde nos dejó el tren en la estación del pequeño pueblo
de Toral de los Vados, donde nos esperaban Pablo y Pepa, que habían llegado
hacía ya media hora, y Lorenzo, al que acababan de dejar sus padres.
Pablo nos habló de campito de chopos junto a un río donde una mujer, dueña de
un chiringuito allí instalado, nos permitía colocar nuestras tiendas de
campaña a cambio de que, en caso de comprar algo de comer, se lo compráramos a
ella.
El lugar era perfecto, de no ser porque, debido a la corta distancia de la
estación, las vías del tren pasaban muy cerca de nosotros.
Tras echar un vistazo al río, donde se bañaban todos los del pueblo, e
instalar las tiendas, algunos de nosotros decidimos ir a conocer el pueblo y la
iglesia, pues nos sobraba bastante tiempo hasta la hora de la cena.
Visitamos primero una iglesia bastante nueva, que además parecía recién arreglada y pintada, y después decidimos ir a ver la antigua, que nos habían dicho estaba cerca, a la salida del pueblo. El cura, nos dijeron, estaba celebrando misa en otra iglesia, pero no tardaría mucho en ir hacia allí, y tal vez podría enseñárnosla.
Mientras esperábamos al cura, nos dimos una vuelta cerca de la iglesia; una
mujer nos enseñó una vieja fuente con un lavadero típico de pueblo,
abandonado y lleno de hierbas.
La iglesia también se veía muy vieja por fuera, aunque la parte de la cabecera
parecía parcialmente reconstruida y de cemento pintado de blanco.
Julio, el párroco, que apareció poco después, se ofreció a enseñarnos la
pequeña iglesia por dentro. Según nos explicó, la iglesia había sido
incendiada en 1936, tras lo cual la iglesia quedó abandonada durante muchos
años. Las dos naves laterales y el techo destrozados, dejaron la iglesia en un
estado lamentable. Cuando , muchos años después, ofrecieron al cura hacer una
nueva iglesia, pidió permiso para arreglar ésta. Y, con ayuda de las gentes
del pueblo y con sus propias manos, se puso en marcha. Cerraron la iglesia por
los arcos que separaban las naves laterales, convirtiendo dichos arcos en
grandes ventanales semicirculares. El suelo fue arreglado y le pusieron piedras
que lo elevaron, lo cual explicaba la sensación que tuve al entrar en la
iglesia de que sus ventanas y puertas eran muy bajas. El altar estaba formado
por la piedra de la tumba de un cura, y estaba rodeado en la pared con varias
figuras: Un Cristo de piedra, también obtenido de una tumba, la Virgen, y San
Cristóbal, la única escultura que se salvó del incendio. "Salió a
tiempo", nos dijo Julio, ya que este santo era el patrón de los
conductores; nos enseñó la base sobre la que se apoyaba el santo, que no era
sino un volante.
Pensábamos marcharnos tras ver la iglesia, pero el párroco insistió en
enseñarnos su huerto, que nos sorprendió a todos, por su organización y su
extensión. Era un campo enorme, en el que tenía, aparte de ciruelos, chopos,
almendros, manzanos, perales, higueras, y otros muchos árboles frutales, una
pequeña piscifactoría con truchas y unos preciosos peces rojos; un canal de
agua que el cura había conseguido sacar del río llevaba agua a todo el
campo antes de volver al cauce del río. En el canal había cangrejos muy
grandes, pececillos y ranas también. Angel, un hombre del pueblo que ayudaba al
cura en el trabajo del campo, nos acompañó en nuestra visita, y ambos nos
guiaron hasta un ciruelo tan alto que no habían podido coger sus frutos. - Os
regalo todas las ciruelas que podáis coger - nos dijo-, bajad entre todos las
ramas y coged el máximo posible de los frutos, porque el resto se va a perder.
Fue toda una aventura, bajar unos las ramas mientras los otros cogían las
ciruelas; yo me mantuve aparte, viendo divertida la escena, para poder hacer una
fotografía de la hazaña. Tras hacerme recorrer tramos de campo pegados a los
canalitos de agua, cruzar puentes de madera casi destruidos y de piedras a tres
centímetros del agua, volvimos a la casa. Junto a ella había jaulas con dos
codornices y una perdiz, gallinas 'de Guinea' y otras ordinarias; y un pequeño
cuartito con muchas jaulas de conejos, de las que pudimos coger algún conejito
durante un rato. Al fin nos despedimos de Julio y de Angel, y volvimos
rápidamente a las tiendas de campaña, pues se nos había hecho tarde.
Para este día cada uno debía haber llevado su cena, y algunos aprovecharon que estaba el chiringuito al lado para pedir unas tortillas. Muchos días pasarían hasta que pudiéramos tomar de nuevo tortilla. Cenamos en las mesas de madera junto al puesto, y yo aproveché para escribir sobre las aventuras del día.
Cuando terminamos de cenar era bastante tarde, de modo que nos fuimos a las tiendas de campaña a dormir, aunque algunos no querían aún acostarse. Esperanza, Mónica y las otras dos Marías, que compartían una tienda, tardaron mucho en dormirse, y en dejarnos dormir a todos. Yo pensaba: "Ya veremos si después de unos días andando tienen las mismas energías a estas horas de la noche".
La zona donde habíamos instalado las tiendas estaba junto a un puente de piedra sobre el que cruzaban el río las vías del tren. Y, bajo el puente, un grupo de gitanos tenía instalada su casa, formada por dos caravanas, varias sillas y mesas donde por la noche se reunió la familia a ver la televisión al aire libre, y unas jaulas con pájaros colgadas no sé cómo de los pilares del puente. Tenían además un gallo y varios perros, que nos ladraban como locos cada vez que intentábamos ir al río pasando junto a las caravanas.
En fin, la noche era buena y en las tiendas, metidos en nuestros sacos y sobre los aislantes, no pasamos frío, y habríamos podido dormir muy bien de no ser por los trenes que pasaban a cada rato junto a nosotros y que sonaban como si estuvieran descarrilando. Muchos me dirían al día siguiente que cada vez que pasaba un tren se despertaban; yo, sencillamente, no pude conciliar el sueño. Algunos trenes hacían tanto ruido que me parecía que se nos iban a echar encima, y hubo momentos en que no sabía si taparme los oídos o salir de la tienda para ponerme a salvo tras el chiringuito. Además del tren, pasó algún coche cerca de las tiendas, dándonos de lleno con las luces de sus faros, y a un hombre se le ocurrió ponerse a llamar a su perro gritando en mitad de la noche. Aparte de todo esto, la noche transcurrió tranquila.